Sus fauces son temibles y cuando las clava deja sus larvas para que crezcan y se reproduzcan. Siempre he sabido que nunca mueren, que si las combates se quedan en stand-by hasta que encuentran mejor ocasión, pillándote desprevenida. Esperan a que te olvides de ellas, a que creas que han desaparecido, a que los sueños imperecederos vuelvan a ti, a verte sonreírle a la vida con renovada inocencia. Pero no, las hijas de puta, a la chita callando, se desperezan y vuelven a comerte por dentro sin que lo notes hasta que suena la alerta, que siempre lo hace cuando ya se han convertido en monstruos despiadados y voraces.
El monstruo del cáncer linfático ha dado de nuevo señales de vida. Sabía que estaba ahí, agazapado, pero el tiempo ha ido pasando y cuando más confiada estaba y más invulnerable me sentía, ha vuelto a las andadas. Debía sentirse muy frustrado y no ha resistido más mi ninguneo, mi desprecio, mi lucha constante por mantenerlo a raya. No es que vaya a ganar la guerra así como así porque ya estoy preparando mis armas para combatirlo de nuevo, las físicas y las mentales, pero reconozco que lo creía más muerto que vivo y me ha pillado con el pie cambiado. ¡Qué cabrón desorejado! Se me ha agarrado al cuello, cerca de la yugular, como un vampiro sediento. Pero no me conoce, no sabe de mis innumerables recursos, de mi ira y de mi resistencia. No nací para quedarme quieta, ni siquiera para descansar después de la batalla. Vencer consiste en aliar al corazón con la mente para crear una fuerza de choque: amor y serenidad, sensibilidad y realismo, coraje y resistencia.
He de conjurar los fantasmas que me habitan, expulsarlos de mi interior para recuperar todo el espacio que necesito para fortalecerme. No quiero ni una sola sombra a mi alrededor, ni un sólo pensamiento oscuro, ni el más ínfimo punto negro que pueda eclipsar mis pensamientos más lúcidos, mi visión más luminosa de la vida que me rodea. Debo ordenar mi casa por dentro, colocar todo en su sitio, armonizar los espacios, sentirme arropada por todo aquello que tanto amo. Tengo miedo, no voy a negarlo, pero sé que el miedo siempre me ha empujado hacia arriba en vez de amilanarme. Los años pueden envejecerme pero nunca han conseguido disminuir ni un ápice mi rebeldía.

Y mientras los médicos siguen sus protocolos clínicos sin preocuparse de lo que la espera significa para sus pacientes, yo me he recogido sobre mí misma porque sé que ya no hay un útero tibio en el que conseguir refugiarme ni podré disfrutar de la dulzura de las manos de mi madre (antesdeayer hizo un año que se me fue) paseándose por la hermosa calvorota que supongo volveré a lucir con dignidad en poco tiempo. Me fortalezco a medida que voy comprendiendo que pretender que todo sea perfecto es una entelequia, el espejismo de la soberbia y de la ignorancia. La vida es como es y no como yo quisiera que fuera, así que no voy a quejarme de la que me ha tocado vivir porque en realidad es un verdadero lujo.
No voy a marcharme ni a cerrar este blog temporalmente porque para mí es un placer ir llenándolo con las historias que van pasando por mi obtusa mente, pero tampoco lo voy a convertir en la crónica de mi enfermedad. Hoy necesitaba "cuentearlo" porque para mí es una liberación vomitar los miedos y además quería que lo supieseis, y si hay alguna novedad la sabréis (estoy pendiente de pruebas), pero nada más. La vida es otra cosa que pasarse las horas mirándose el ombligo.
Por eso voy a finalizar con un regalito visual de lujo para todas/os vosotras/os.

Resistencia y poesía.
















¡¡Ni me menees!!
