Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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27 septiembre 2007

Günter Grass

El otro día comentaba que había empezado a leer el último libro de Günter Grass y que, en principio, me estaba enganchando. Bueno, pues hoy tengo que decir que, después de 76 páginas, me cuesta seguir leyéndolo... Me aburre, la verdad, y no porque lo que cuente en este recorrido por sus años juveniles sea poco interesante, sino porque me parece repetitivo, en exceso descriptivo, y algo falto de "sentimiento literario". Eso es como decir que no me produce ningún sentimiento, no me emociona en ningún sentido lo que cuenta, lo que le pasó y como lo vivió, ni para bien ni para mal.

No sé si en ello tiene que ver la forma de ser de los alemanes, su esquematismo, tan latente en muchos artistas y escritores (no todos, faltaría más) pero me recuerda un poco, aunque salvando las distancias, aquellos diarios que escribían algunas de mis compañeras de colegio en los que se describía los hechos de cada día sin que en ellos se pusiera nada de "alma". Hoy me levanté, desayuné, fui al colegio, en clase de dibujo la seño me regañó, el rosario fue un rollo aunque estuve hablando con mi amiga Pili, nos han puesto garbanzos para comer y ¡qué asco!, a la salida del cole espero ver a Pepín... etc. Sin embargo, mi diario era pura descripción de los sentimientos que los hechos me producían, siendo éstos únicamente citados como el origen de lo que me bullía en la cabeza, que era mucho, quizá demasiado. El dolor, la alegría, la soledad, la libertad, el afecto, la amistad, la responsabilidad, el fracaso, las relaciones familiares, la religión, el amor, el desamor... Todas estas cosas, y muchas otras, eran lo que me llevaban a escribir, como, de hecho, sigo haciendo ahora con este blog.

La razón por la que estos sentimientos o inquietudes se despertaban en mí en un momento dado o tras un hecho concreto y me empujaba a escribirlos era lo de menos. Yo de lo que necesitaba hablar era del fondo de las cosas que me pasaban, de los sentimientos encontrados que me producían, no de los sucesos. Quizá sea ese el motivo por el que me gustan los libros (y las personas) en los que puedo descubrir la existencia de algo mucho más profundo que las meras palabras, por bien estructurados y escritos que estén, porque a mí el cuerpo de los libros es lo que menos me interesa si lo que cuentan no consiguen despertar mis emociones. Y eso me está pasando con Pelando la cebolla, de Günter Grass.

Me pasó lo mismo cuando empecé a leer On the road, de Keruac, aunque nada tenga que ver lo que uno y otro cuentan ni cómo lo cuentan, salvo en ese aspecto algo simplista, para mí, de centrarse más en lo descriptivo que en lo emocional o sentido.

En descargo de Grass, tengo que decir que no entiendo demasiado la polémica que se ha suscitado por su afiliación a la Waffen-SS con 17 años y que no lo haya desvelado hasta ahora. Todavía siguen saliendo artículos de opinión bastante sesudos y encontrados sobre si fue un traidor y/o un mentiroso. Me parece bastante absurda la discusión, sobre todo porque no creo que haya nadie, o casi nadie, que no tenga algún fantasma de juventud guardado en el armario. Es fácil juzgar a toro pasado, cuando tenemos todos los datos en nuestras manos, sin querer reconocer, sin embargo, cuántos coetaneos suyos en España fueron sujetos pasivos de aquel horror, ¿y por qué no decirlo?, del que hubo aquí durante cuarenta años. Y cuántos hay todavía que se niegan a condenar la dictadura y reconocer la república como el único gobierno legítimo. Y míralos, ahí están, pavoneándose en los escaños del Congreso de Diputados, erigiéndose en los genuinos defensores de la democracia... ¡Qué dolor de derecha!

Es evidente que haber pertenecido al cuerpo de élite de las SS es una mancha difícil de borrar, de entender y, si se quiere, de disculpar, pero no creo que con 17 años tuviera mucha información de la realidad y, aún menos, de analizarla. Tampoco parece que participara en ningún hecho condenable, lo cual no se puede obviar a la hora de la crítica. Los hechos son los que son, y también su contexto, y la gente tiene el derecho a evolucionar y a saber ejercer la autocrítica, cosa que Grass hace sin demostrar misericordia alguna hacia sí mismo. Yo no puedo dejar de lado la importancia e incidencia de su trayectoria teórica y práctica adulta, claramente alineada con la defensa de los más desfavorecidos, con los principios ideológicos de la izquierda. Para mí eso es lo que cuenta y lo que me importa.

Yo, que me considero de izquierdas, y bastante, no siempre lo fui. Antes fui liberal (liberales progresistas nos llamábamos), porque mi formación teórica y práctica sobre la política fue nula durante mis años jóvenes. Mi preocupación estaba puesta en otras cosas, en otro tipo de vivencias; siendo, quizá, lo que más me ocupaba y preocupaba entonces conseguir el afecto de mi familia y de otras personas, su reconocimiento. Y ser libre, libre como un pájaro, volar sobre la vida sin que nadie me pusiera impedimentos. Ardua tarea que no conseguí hasta que me emancipé de padres y marido. A partir de ahí, y gracias a que estudié la carrera de Ciencias Políticas y Sociología y me impliqué en la vida universitaria, aprendí por donde iban los tiros y empecé a descubrir cual era el camino que debía recorrer, con cual de sus orillas me sentía más identificada.

No reniego, para nada, de mis inclinaciones liberales de juventud, porque comprendo que las circunstancias familiares y sociales en las que me movía fueron algo así como los árboles que no te dejan ver el bosque. Sólo la experiencia, el aprendizaje continuo de la vida, te permite no sólo ver sino también discernir. Y actuar en consecuencia. Luego he comprendido, con el tiempo como aliado, que mi visión del internado como una prisión, la expulsión de varios colegios por indisciplina, las lecturas a escondidas de determinados libros, las escapadas de casa, las broncas diarias contra la dictadura paterna, mis gritos de libertad, mi defensa incondicional de las compañeras peor tratadas en el colegio, tenían mucho que ver con un espíritu libre y contrario a toda opresión. Pero entonces no lo sabía, y ahora que lo sé, me hago alguna carantoña de vez en cuando por haber sabido descubrir a tiempo cuál era mi lugar en la vida.

Solemos tender a prejuzgar a los demás sin saber de ellos apenas nada (yo la primera). Somos muy osados opinando cuando de la vida de los otros se trata. Si fuésemos con ellos tan condescendientes como con nosotros mismos (que está de puta madre serlo) la convivencia personal y social sería mucho más sencilla. Algunos políticos deberían pensar en ello.

Lectura y poesía.

FOTOLIA