Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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22 diciembre 2008

Conchita


Me cruzaba con ella casi todos los días, bien cuando bajaba las escaleras andando y coincidíamos en el descansillo o bien en el portal o en las calles del barrio. Era menuda, extremadamente delgada y vestía siempre de negro; el mismo chaquetón en cualquier estación del año, hiciera frío o calor, y como calzado unas deportivas con calcetines blancos que asomaban unos centímetro bajo el borde de la falda. El pelo cano, largo y despeinado. Caminaba encogida con las manos sujetando el cuello del abrigo o, a veces, apretando un chal gris que le envolvía los hombros de forma descuidada. Nunca hablé con ella durante los trece años que llevo viviendo en esta casa salvo cuando nos cruzábamos e intercambiábamos saludos. Ella siempre se adelantaba al mío:

- Que tenga usted un buen día- decía. Las mismas palabras en cada encuentro.
- Igual le digo- respondía casi siempre yo.


Paseaba sola por la calle, sin apenas levantar la mirada del suelo. No sé dónde iba, qué lugares visitaba si es que visitaba alguno. Nunca la vi con una bolsa de la compra o de regalos ni acompañada de nadie; nunca me la crucé en el mercado, ni en la farmacia, ni en ninguna tienda del barrio; nunca la vi caminar a ritmo distinto del que llevaba siempre, ni sonreír, ni fruncir el ceño. Las únicas veces que le vi acalorarse fue en las reuniones mensuales de vecinos que se celebran en el amplio portal de la casa y no porque yo haya acudido alguna vez sino porque era inevitable darse de bruces con ellas al entrar o salir del portal. En el corto trayecto hacia el ascensor era a ella a la que siempre oía protestar con esa vocecilla rebelde con la que algunas ancianas intentan ser escuchadas y hacerse respetar. No sé qué edad tenía, pero no creo que sobrepasara los 75 años.

Hace cinco días escuché cierto barullo bajo mi balcón y a continuación el sonido de varias sirenas. Cuando por curiosidad me asomé, estaba el SAMUR montando un pequeño hospital de campaña para atender a alguien que supuse era un herido y que estaba siendo asistido en primera instancia con masajes cardiacos dentro de una ambulancia. La puerta estaba abierta y desde mi posición sólo pude ver unas manos apretando rítmicamente el tórax de una persona y unos pies que asomaban por debajo de una manta vestidos con zapatos negros y calcetines blancos, dejando entrever tan sólo unos centímetros de las piernas, de piel blanquísima. Una mujer solitaria, que creí era mi vecina, miraba desde la acera con los brazos cruzados sobre el pecho.
La gente empezó a arremolinarse hasta conseguir que aquello pareciera un circo a pesar de las dos parejas de la policía que habían cortado el tramo de calle por ambos lados y de la cohorte de sanitarios que acompañaban a las ambulancias. La escena me empezó a parecer de película de serie B (de las peores) y me volví a meter dentro de casa cerrando a cal y canto el balcón. Me angustié ante la situación desgraciada del enfermo, o herido, y me cabreé por la falta de respeto del público. Eran las 11:10 de la mañana.

Veinte minutos más tarde salía a la calle para coger el metro y el espectáculo seguía con la misma intensidad, pero me alejé sin mirar hacia atrás. Mientras hice los recados correspondientes me olvidé del asunto, pero cuando volví a casa a las 14:30 la escena resultó aún más macabra: las ambulancias ya no estaban pero la policía seguía cortando la calle, y un cuerpo sin vida estaba tendido sobre la acera cubierto de papel (o plástico) dorado, refulgiendo como una alargada roca de oro bajo los rayos del sol. Junto al cuerpo estaba de pie, sola, la mujer a la cual confundí con mi vecina. Se parecían tanto que pensé que quizá fuese su hermana gemela, incluso sus vestimentas apenas se diferenciaban.
La situación me pareció tan alucinante que me acerqué a un policía para preguntarle si aquel cuerpo era el mismo que había estado atendiendo el SAMUR hacía más de tres horas. La respuesta fue afirmativa.

- ¿Pero cómo es posible que siga el cuerpo ahí tirado enmedio de la acera? - Todavía no hemos conseguido que venga el juez para hacer el levantamiento del cadáver...
- ¿Pero han insistido?

Su gesto fue una respuesta contundente que no requería ser expresada con palabras. No quise saber más pero las maldiciones me estallaron en la cabeza como una bomba de neutrones. En la escalerilla del portal me encontré a otro vecino que hace las funciones de portero de vez en cuando y le pregunté qué había pasado.


- Es Conchita, la vecina del 4º E, que le ha dado un infarto cuando salía a pasear con su hermana.


¡Hostias, hostias, hostias! Conchita... Acababa de conocer su nombre y también comprendí la confusión con su hermana, a la que nunca antes había visto ni sola ni acompañándola. Como en una escena medieval, como una Juana La Loca velando con la mirada perdida el cuerpo de su amado Felipe El Hermoso, la también anciana hermana estaba de pie y al pie del cuerpo de Conchita desde hacía tres horas soportando bajo el frío invernal el vergonzoso e inexplicable retraso de un maldito juez.


Pensé en la enorme suerte que tuvo mi madre al haber podido morir con dignidad y pedí perdón a Conchita, la sin nombre hasta aquellos momentos, por formar parte de esta jauría de seres sin alma, de funcionarios sin vergüenza, de consentidos a sueldo. El frío de la vida cayendo sobre el frío de la muerte, y junto a ambos, el dolor de una hermana abandonada también al frío y a su suerte en plena calle Amor de Dios de Madrid, mi calle. Ni una queja ante tanta falta de respeto, ante tanto desprecio.

Una estrella más a la que mirar en la noche.

A Conchita, mi vecina, que seguro que también era poesía.


6 comentarios:

BIPOLAR dijo...

espeluznante

ya no es morir,sino ser ignorado hasta estos extremos. La burocracia embrutece la dignidad.

Antònia P. dijo...

¡Qué triste historia, Isabel!
Seguro que también era poesía como lo eres tu.
Felices fiestas. Un beso grande.

Merche Pallarés dijo...

Bello pero triste relato. Veo que topamos con la "justicia" de nuevo... Besotes navideños, M.

Anónimo dijo...

Y SI PREGUNTAMOS COMO SE LLAMA LA HERMANA.LO MAS BONITO DE LOS LUGARES ES QUE TRAS UNOS DIAS LAS PERSONAS TE LLAMAN POR TU NOMBRE Y YA NO ERES FORASTERA.EN ESTA VIDA SOMOS CAPACES DE SABER QUE ESTA PASANDO EN LAS ANTIPODAS Y NO SABEMOS DE DONDE VIENE EL DOLOR DEL ALMA DE QUIEN CAMINA A NUESTRO LADO.

CUIDATE

ÁNGELES

jg riobò dijo...

Luego estuvo acompañada por su hermana y no murió sóla.

PILAR dijo...

Verdad que a veces hay personas que nos son familiares, aunque no hayamos cruzado muchas palabras, aunque no sepamos ni su nombre, pero forman parte del escenario diario de nuestro ir y venir...
Verdad que cuando esas personas desaparecen, nos vamos un poco con ellas, a veces creo que donde posa nuestra mirada está un poco nuestro corazón y cuando ya no está aquello que miramos (y/o saludamos) nos quedamos un poco vacíos.
No te preocupes, no pienses que es terrible morirse así. Piensa que son circunstancias, al fin y al cabo fue asistida hasta el final por un servicio de ambulancia...
somos burocracia durante la vida y somos burocracia durante la muerte.
Tal vez el funcionario de turno (juez) andaba en algún rollo, démosle el beneficio de la duda.
Un beso, corazón.

FOTOLIA