Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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09 agosto 2007

Memoria histórica/Memoria por la paz

Este era mi abuelo José. En los tiempos en los que me dedicaba a hacer retratos a lápiz-carbón para sacarme unas pelillas, hice este suyo de una fotografía que conservaba mi padre y creo que es de los que mejor me salió. La verdad es que tiene un rostro que impone...

Todos los días, de camino al trabajo, paso por tres sitios que fueron claves en la vida de mi abuelo: la Plaza de Canalejas, donde vivió hasta que lo detuvieron, el Oratorio de Caballero de Gracia, donde iba a rezar y a misa a menudo, y la Gran Vía, donde tenía sus oficinas. Y si últimamente no puedo evitar pensar en él cuando camino por estos lugares -lo cual es novedoso para mí a pesar de haber hecho este recorrido miles de veces en mi vida- se debe a que la lectura de su diario (oculto a la familia, incluso a sus hijos, hasta hace pocos años, a pesar de estar dedicado a ellos) me impresionó profundamente.
Fue un personaje curioso en el que se mezclaban un profundo sentimiento religioso, rayano en el misticismo, y una necesidad perentoria de ser reconocido personal, social y profesionalmente. Esto último le llevó a cometer verdaderos disparates en el aspecto económico, llenándose de deudas y llegando incluso a estafar a parte de su familia de Granada y a algunos de sus mejores amigos. La verdad es que de negocios no tenía ni idea, entre otras cosas porque, aún siendo bastante inteligente, apenas tenía los estudios primarios. Pero era ambicioso y, además, tenía diez hijos a los que alimentar, una prima que vivía en su casa, y dos sirvientas... sin apenas dinero para mantener este tren de vida. ¡Total nada! Pero no por ello renunció a vivir en los mejores barrios de Madrid y en las mejores casas. Vivió totalmente fuera de la realidad, sin conseguir aceptar sus carencias económicas y sus limitaciones empresariales. Pero para mí, lo que me pareció más terrible de su personalidad y de su vida al leer el diario, fue que tanto sus éxitos (escasos) como sus fracasos (múltiples), incluso sus estafas (no reconocidas como tal), los justificaba alegando que todo era por decisión divina y contra ella él no podía hacer nada. Se podría pensar que con estos argumentos el tío demostraba que era un listillo... Pues no: estaba totalmente convencido de ello, hasta tal punto que al inaugurar su empresa, "entronizó" al Sagrado Corazón de Jesús nombrándolo presidente de la misma. Si conseguía algo, se debía a la gracia divina, y si le fallaban las cosas, alguna razón tendría Dios para que ocurriera así, encomendándose a él y esperando siempre que éste le compensara más adelante. Pero, claro, la bola se iba haciendo cada vez más grande y las deudas también, no teniendo muchos días dinero ni para comer. De las casas en las que vivió, lo desahuciaron de todas por impago, pero en vez de buscar otras más baratas, seguía empeñado en que eso le cerraría las puertas para relacionarse con gente importante que pudiera invertir en sus negocios o ayudarle en caso de que le fueran mal dadas. Consiguió, incluso, que Gil Robles, entonces (y siempre) bien colocado, invirtiera en uno de sus negocios, pero luego lo dejó en la estacada. Lo mismo hicieron otros "prohombres" de la época, incluso el Obispo de Madrid, a quien también acudió (¡llegando a escribir al Papa pidiéndole que intercediera ante él!). Supongo que cuando vieron su tremendo desvarío mezclando negocios con una religiosidad totalmente desproporcionada y distorsionada, salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Y ahí se quedó el hombre más solo que la una, haciendo cada vez más hijos a mi abuela, a los que encomendaba a Dios para que cogieran todos ellos los hábitos... De poco le sirvió, ninguno lo hizo. No sólo los mayores tenían que ir a misa y comulgar todos los días sino que toda la familia tenía que rezar diariamente el rosario de rodillas ante el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que tenía en casa, del que era (se nota) gran devoto.
La verdad es que sin compartir en absoluto esa visión de la vida que tuvo y su forma de actuar, la lectura de su diario, que como decía antes dedicó a sus hijos para que aprendieran de los errores de él (ahí tuvo cierta lucidez, mira por dónde), me inspiró mucha ternura porque en el fondo fue producto de su época y un pobre desgraciado al que le faltó la malicia que, sin duda, otros tuvieron y supieron utilizar sacando mejor provecho. De la miseria de su pueblo, La Peza (Granada), y de las labores agrícolas a las que se dedicaba su padre y hermanos, huyó buscando mejor vida, adentrándose sin sospecharlo, quizá por la "gracia divina", en un verdadero infierno.
Con esas creencias, muy rojo no podía ser, claro, pero tampoco se significó políticamente, salvo en sus primeros tiempos de diáspora por varios pueblos de Andalucía antes de llegar a Madrid, coqueteando con los liberales primero y luego con los conservadores, llegando incluso a ser Secretario de Ayuntamiento sin tener apenas estudios. En Madrid, supongo que porque sus agobios económicos no le permitían pensar en otra cosa, se mantuvo al margen de los eventos políticos de la época, preludio del horror de la Guerra Civil. Quizá el reflejo exacto de cuáles eran sus preocupaciones ante lo que ocurría es la frase que escribió refiriéndose al inicio de la guerra: Ha empezado la guerra y tengo 2 pesetas en el bolsillo. Tremendo lío tenía el pobre.
¿Quiénes y por qué lo asesinaron entonces? Pues fueron los republicanos, los rojos. No tenían nada contra él, ni siquiera aparecía en lista alguna, por pequeña que fuera, ni sabían de su existencia... Pero de su hijo mayor, mi padre, sí; un jovenzuelo bastante chuleta y medularmente facha que no tuvo inconveniente alguno en significarse en la facultad de derecho, donde estudiaba, y al que la precariedad de su familia y el peligro al que los exponía le importaban un bledo con tal de "liberar a España de los enemigos de Dios y de la Patria"... ¡Tócate los ovarios! Lo cuenta también mi papi en un diario que empezó a escribir: lo buscaron los republicanos, lo persiguieron y a punto estuvo de ser cogido en varias ocasiones. Se escondió en cualquier rincón que pudo encontrar de Madrid y al final tuvo suerte (¿de nuevo "designios divinos"?) porque logró refugiarse en la Embajada de Turquía, que le sacó de España en barco, junto con otros compinches y con el acuerdo del gobierno legítimo, para que los tuvieran alejados del país y vigilados, eso sí: sin tocarles un pelo. Pero también cuenta orgulloso -¡penita pena!- cómo se tiraron al agua cerca de la costa de Italia para escaparse y regresar con la ayuda de los fascistas italianos, que los acogieron con los brazos abiertos. Y regresó, y batalló contra la legalidad republicana al grito de "¡Dios, Patria, Rey!", todo él hecho un hombrecito...
Pero el marrón de tanta "hombría" se lo llevó mi abuelo y, en consecuencia, el resto de la familia. Al no encontrar las milicias republicanas a mi padre, fueron a casa de mi abuelo para intentar sonsacar a la familia dónde se escondía. No hay constancia de que mi abuelo lo supiera ni tampoco de lo contrario, pero la cuestión es que no se lo dijo (tanto si lo sabía como si no, creo que hizo lo correcto), y se lo llevaron delante de su mujer y de sus hijos. Mi abuela, según cuenta en una carta que le escribió a mi padre cuando éste ya estaba en el frente, le dijo mientras se lo llevaban "Vuelve pronto", y mi abuelo le contestó "No te preocupes, volveré". ¿Confiaba de nuevo en la "gracia divina", como es de suponer? No tengo la menor duda, pero como en muchas otras ocasiones, esa divina gracia no le amparó y en dos meses se lo cepillaron, le dieron "el paseo" sin más, con el único cargo en su contra de no decir dónde estaba su hijo. Y mi abuela, con sus otros nueve hijos, en la miseria más absoluta gracias a la "machada" de mi padre.
A pesar de sus múltiples defectos, reivindico la persona que fue mi abuelo como tantos y tantos republicanos de entonces, y ahora sus descendientes, reivindican la memoria de los suyos, de los que vilmente, sin razón alguna, fueron borrados del mapa por sus ideas, por sus costumbres y hasta por sus sueños. ¿Que fueron muchos más los desaparecidos a causa del franquismo? Por supuesto, sin la más mínima duda. Fue una imperdonable e inolvidable masacre, fuera de toda razón y de toda exculpación. Por eso creo que la Ley de la Memoria Histórica tiene que salir adelante y sin cortapisas de ningún tipo: nada de dejar fuera la anulación de juicios y de condenas. Nada de mano blanda ante la injusticia. Nada de mantener oculta la verdad para que los herederos de la ignominia se queden tranquilitos en sus casas pensando que sus ascendientes se refocilaron en la barbarie porque estaban en su derecho, que el mejor republicano, el mejor rojo, era el rojo muerto y bien muertos están. Ya está bien de tanta tapadera y tanta mierda, no se vayan a enfadar. La verdad es que el fuego del miedo siempre deja rescoldos, pero hay que echarles agua de una puñetera vez para que se apaguen. ¿Vamos a estar así toda la vida?
Pero yo no quiero hoy centrarme en la cantidad de los muertos, sino en la calidad de la muerte de mi abuelo: fue también ignominiosa, fue tan bárbara como cualquier otra muerte producida por la mano de la sinrazón y del odio. Los inocentes, todos, deben descansar bajo el paraguas de la verdad, de la justicia y del reconocimiento, sin excepción. La paz es eso, tan sencilla y tan dificil, pero necesaria. Mi abuelo José no fue una excepción.
Así lo veo yo y así lo he contado.
Otro día le tocará a mi abuelo Isaías, un inocente más.
Memoria/memorias y poesía.

5 comentarios:

EL EQUIPO dijo...

¡ bravo, muy bien, fenomenal!

Isabel Huete dijo...

Mayoral... ¡no me tomes el pelo, que te conozco!

EL EQUIPO dijo...

como eres

Isabel dijo...

Hola prima, solo decirte que gracias, ojala lo hubiera podido leer mama.

Besos

Isabel Huete dijo...

Pues quizá te extrañe,primaza, pero me acuerdo muchas veces de ella.
Gracias a ti por visitarme y me alegro un montón que te haya gustado esta entrada sobre el abuelo.
Aquí está tu casa, con la puerta abierta.
Besos gordos

FOTOLIA