Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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03 agosto 2007

De vuelta a casa

Me despedí de la Punta de la Mona con este amanecer del lunes. Fue una suerte porque por más que intenté otros días levantarme antes de las 7 de la mañana para poder disfrutar de la salida del sol desayunando en la terraza, Morfeo me tuvo amarrada al sueño anulando totalmente mi voluntad, lo cual, por otro lado, en el fondo agradezco con todo el alma. Pero ese día quería salir temprano para evitar en lo posible atascos de circulación con eso de ser fin de mes y, quizá por la tensión que genera todo preparativo de viaje, me desperté bastante antes de que sonara la alarma de mi móvil. Eso me permitió fotografiar todo el proceso del nacimiento del día, que fue sencillamente fantástico.

Me encantaría poder decir que han sido unas vacaciones de ensueño, pero lo más que me atrevo a afirmar es que han sido quince días de desconexión de mis neuras habituales, ésas de las que nos pasamos renegando el resto del año, aunque, pensándolo bien, no sé si la vida sería tan entretenida en caso de no tenerlas.

No me quejo. La desconexión es como una cortadora de césped que deja el jardín mucho más "aseadito", invitándote a pisarlo con los pies descalzos y a disfrutar del aroma que se desprende de la hierba recién cortada... Pero me queda un puntito de insatisfacción por no haber podido disfrutar en total libertad de todo cuanto me ha rodeado. Viajar acompañada de una madre y una hermana en crisis, por mucho que se las quiera, no es precisamente lo más recomendable. Más cuando dependen de ti para poder desplazarse bien sea a la playa, a comprar, o para visitar cualquier otro lugar de interés. Compatibilizar caracteres ya es difícil en situaciones de convivencia normal, pero si a ello se añade que, en mi caso, tal compatibilidad no ha existido nunca ni podrá existir, la cosa se complica un pelín. La única posibilidad es callarse (las tres sin excepción) todo aquello que pueda hacer saltar la más mínima chispa, que pueda ser fuente de controversia, que pueda alimentar cualquiera de los miles de reproches que llevamos haciéndonos toda la vida. Si evitamos la fricción todo transcurre como la seda... aunque ésta no sea más que la piel bajo la que se ocultan pensamientos inconfesables. Aún así, me doy por satisfecha y asumo la responsabilidad de haber sido la organizadora de tal encerrona y, por tanto, de sus consecuencias, sobre todo para mí que soy la menos sociable, o la más necesitada de soledad. Mi madre ha disfrutado como una enana con todo y ha descansado, que era lo que yo pretendía, quizá porque tiene muchos años y, aunque está en magnífica forma todavía, ya le empiezan a aparecer esas goteras irreparables que te llevan a pensar si el año que viene seguirá estando aquí. Y no es cuestión de pesimismo sino de realismo, del más crudo, de ése que llevamos como una marca indeleble en medio de la frente desde el mismo momento en el que la vida nos da la bienvenida. Puro determinismo antropofísico: el cuerpo como signo y significado de la existencia. Llevo tiempo empeñada en que mi madre, alguien a quien he aprendido a querer después de muchos años, disfrute al menos quince días al año de todo aquello que más le gusta: la playa, hacer excursiones, pasear a la orilla del mar, darse caprichos gastronómicos, no pensar en obligaciones, leer el periódico sin interrupciones innecesarias, en definitiva: vivir como una reinona.

Lo de mi hermana, la cuarta de los cinco que somos, es otro cantar. Es una persona tan terriblemente frágil que la vida se le lleva deshaciendo entre los dedos sin darse cuenta desde que tiene uso de razón. Tampoco el resto de la familia nos dimos cuenta hasta que hace dos años se rompió en mil pedazos, como una copa de cristal al estallar contra el suelo. Doctora en Historia, de gran inteligencia, culta, simpática a rabiar, generosa, cariñosa... y con una valoración de sí misma igual a cero patatero. Eso la hace muy vulnerable y dependiente de los demás. Es curioso lo diferentes que podemos ser los hermanos entre nosotros. Mientras yo busco a menudo (y disfruto) la soledad, ella la rehuye como a la peste. Yo creo que hasta le da miedo encontrarse a sí misma a la vuelta de cada esquina, sobre todo si es la del pasillo de su casa. La verdad es que despierta en mí una ternura inmensa, más ahora que ha sido capaz de darse cuenta de que vivir sola le supone un sufrimiento difícil de sobrellevar, pero está en el empeño de superarlo y eso ya es un síntoma a valorar. Pues bueno, por eso también me la llevo de vacaciones, aunque en algunos momentos me sienta algo culpable por no tener la paciencia suficiente ni la capacidad de comprensión necesaria como para hacer que se sienta totalmente a sus anchas. Dice que este año lo ha pasado mejor que ningún otro, y yo me digo que quizá sea verdad... Lo deseo de corazón.

Pero estas circunstancias no han impedido que haya disfrutado yo también de cosas que me gustan, sobre todo del olor, del color, del murmullo y de la brisa del mar; de los atardeceres dorados y de una luna llena tan maravillosa como ésta, que lució así la víspera de mi vuelta. Como no podía ser de otra manera, me la traje conmigo, ¡faltaría más!
Siempre he pensado que la vida sería un asco sin el disfrute de las pequeñas cosas, pero para poder disfrutarlas antes hay que saber percibirlas y pararse un tiempo a observarlas. Después uno puede darse cuenta de que son mucho menos pequeñas de lo que pensamos, o quizá lo que pasa es que al disfrutarlas y hacerlas nuestras las engrandecemos para no perderlas nunca.
Luna y poesía.


2 comentarios:

Josep dijo...

Leerte siempre se me hace como caminar descalzo por la orilla del mar; refrescante, sencillo, estimulante... Me encantó este post. Y me encanta tu blog. Besos

Isabel Huete dijo...

Mil gracias por este comentario, Josep. Precisamente es eso lo que pretendo: expresarme sin artificios y, en la medida que pueda, que quienes me lean se lo pasen bien y participen, incluso que se me critique cuando algo no guste. Quiero vidilla.
:]

FOTOLIA