Me lo crucé hace años por la calle. Le miré al verlo venir de frente y cuando ya me había sobrepasado y me daba la espalda con ese caminar cansino que le caracterizaba. Se me quedó grabada su mirada perdida y, sobre todo, su espalda curvada, como si le costara sobrellevar su propia piel. ¡Qué ternura, qué ganas de abrazarlo y mecerlo como a un niño desamparado y perdido en la vorágine de la gran ciudad!
Adiós para siempre mi desconocido amigo y compañero de mi tiempo.
Arte y poesía.

