Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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22 octubre 2009

Bellos sueños de gato


Mientras Fígaro dormía plácidamente...



Sus sueños se disolvían en un halo de fuego.

Belleza y poesía.

11 agosto 2009

Los sueños a veces no son

Cuadro digital de José Mayoral/2008

Los sueños a veces tienen cierto tufo a desajuste neuronal o si lo queremos decir en clave psíquica, nuestro subconsciente recurre al sadismo cuando se empeña en rebrotar pinceladas del pasado que racionalmente hemos relegado al rincón más oscuro de la memoria.

Me gustaría olvidar mis sueños al despertar porque desgraciadamente casi nunca son agradables y al recordarlos, sobre todo los más angustiosos, me quedo sumida durante un rato en su reconstrucción intentando encontrarles alguna explicación que los haga comprensibles, lo cual rara vez consigo por su complejidad. Ahondar en el subconsciente me resulta divertido porque adquirí mucha práctica en los dos años en los que me sometí voluntariamente y con afán indagador a sesiones semanales de psicoanálisis, práctica que por aquel entonces se catalogaba como de locos y para locos. La novedad era que tomé la decisión de seguir esta terapia porque mi interés por la psicología era enorme y pensé que la mejor manera de conocerla era empezando por analizarme a mí misma en profundidad. Sin embargo ya había deambulado por el mundo de la psiquiatría con apenas veinte años porque en mi casa consideraban que mi sentido de la libertad y mi rebeldía tenía un no sé qué de anormal y yo, preocupada porque fuese verdad y, en parte, porque esa opinión me creó cierto complejo de culpabilidad, fui a visitar a un psiquiatra, Pablo, que después de tratarme durante un tiempo y de someterme a diversos test de inteligencia y personalidad acabó concluyendo que quien necesitaba tratamiento no era yo precisamente.

Eso, ni qué decir tiene, me alivió bastante, aparte de que me enamoré perdidamente de su colega, también psiquiatra, que estaba como un queso. Fue un amor frustrado porque no me hizo ni puñetero caso pero gracias a Pablo conseguí superarlo cuando, harto de que le diera la tabarra preguntando por él, me confesó que era gay. Imagino lo incómodo que se debió sentir el colega ante mis insinuaciones (se me notaba tela) en una época en la que ser homosexual había que llevarlo en el más absoluto secreto. Todavía no habíamos superado los tiempos de plomo en este país.

Mª Luisa, la psicoanalista, me dio bastantes claves para interpretar los mensajes que nos llegan del subconsciente y, lo que es mejor, a analizar y desentrañar los misterios de nuestros actos conscientes, que son muchos. Sé, por ejemplo, por qué sueño tantas veces que buceo dentro de una caverna llena de agua y puedo respirar tranquilamente sin necesidad de convertirme en pez, aparte de no poder estirar los brazos y llevarlos siempre doblados y pegados a mi pecho. No es precisamente un sueño doloroso revivir la estancia en el útero materno nadando por un espacio lleno de color y de curiosidades en los que centrar mi atención; sólo hasta que decido que ya me he bañado lo suficiente y quiero salir... No hay salida, y es ahí donde la respiración se me hace ahogo y pataleo desesperadamente intentando encontrar un poco de aire. No hay final porque en ese punto siempre me despierto.

Respecto al consciente, no he conseguido averiguar todavía, por ejemplo, por qué cuando más prisa tengo para llegar a algún sitio, más lenta me vuelvo o me pongo a ordenar cosas que me retrasan aún más y que no requieren ninguna atención especial o pueden esperar sin problema. Es probable, deduzco, que el motivo sea que en realidad no me apetece nada ir a ese lugar previsto o encontrarme con la persona o personas con las que haya concertado una cita. Entonces el análisis es encontrar una respuesta a esa actitud: ¿qué me desagrada para no querer ir? La respuesta hay que encontrarla en uno mismo y no en aquello que tienes pensado o debes hacer ni en las personas con las te vas a encontrar. A veces pienso que me mueve el desinterés por lo más o menos rutinario (no así por lo novedoso), o la pereza con la que la experiencia me va envolviendo con el paso de los años, o el miedo a las consecuencias, o el placer por la soledad (alcanzando a veces cierto grado de misantropía), o sencillamente el descoloque que me produce tener que interrumpir lo que en ese momento estuviera haciendo, ya sea dormir, leer un libro o estar dedicada a la vida contemplativa. No siempre encuentro la respuesta adecuada o siquiera alguna , pero nunca dejo de hacerme la pregunta porque me parece importante saber por qué y para qué hacemos o no las cosas. No es una búsqueda de la perfección sino de encontrar las razón de mis actos para descubrir las trampas que me hago en el solitario, que precisamente porque sé que son trampas no me satisfacen. Sólo intento jugar limpio conmigo misma.

La verdad es que cuando he empezado este post pretendía contar algo del personaje con el que he soñado esta noche y que participó como protagonista en una de las experiencias más desagradables de mi vida. Quería contar esa historia porque es emblemática de lo que tantas veces nos sucede a las mujeres: tener que sobrellevar con toda la dignidad de la que seamos capaces la falta de respeto de algunos hombres y las secuelas que eso puede dejar en nuestro ánimo durante mucho tiempo. La humillación es una carga muy pesada y difícil de olvidar.

Aparte de los muchos años que han pasado de aquel suceso, nunca había soñado con él, aunque sí me lo crucé en Madrid en dos ocasiones e hice como que no lo veía. Él supongo que también o simplemente no me vio. Me da igual. Pero soñar con él y lo que he soñado ha sido tanto o más desagradable. Morfeo nunca debería cebarse con sus más fieles admiradores.

Pero como ya me he extendido un montón, lo cuento en el próximo post. Atentas chicas a los cantos de sirena.

Psique y poesía.

24 septiembre 2008

Noche indómita

Fotografía de Isabel Huete

"Se apoyaba sobre la barandilla protectora que separa la calzada de la acera esperando a alguien que nunca iba a llegar. Una mujer le hablaba a gritos desde el otro lado de la calle pero ella se limitó a mirarla sin responder. Al girar la cabeza vio acercarse un coche a toda velocidad conducido por un tipo al que conocía bien, lo podía distinguir perfectamente a través del cristal. Los dientes superiores le asomaban tras una sonrisa bobalicona y los ojos le brillaban exageradamente. Parecía que se iba a detener justo delante de ella cuando las ruedas chirriaron al rozar con el borde de la acera y el vehículo saltó por encima arrancando la barandilla y arrollándola. Sintió las ruedas aplastar su cuerpo recorriéndolo de derecha a izquierda, haciéndole rodar sobre sí misma varios metros hasta que por fin se detuvo y quedó tendida como un guiñapo. El coche también frenó en seco, dejando sus huellas en el asfalto.

¿Me habrá arrancado las piernas? Tengo que mover los pies, tengo que mover los pies...

Los movió sin dificultad.

¡Menos mal, no me ha dejado inválida! Qué raro, estoy entera; no parece que me haya producido ninguna herida de importancia; no hay sangre, no hay dolor y puedo pensar con total lucidez...

Empezó a incorporarse lentamente, con precaución, mientras se palpaba todo el cuerpo sin comprender lo que había pasado, sorprendida de haber sobrevivido a semejante atropello. Un joven se acercó para ayudarla pero ella le rechazó con un simple gesto. No estaba para asistencias, sólo quería comprender por qué había salido ilesa, por qué la muerte no había aprovechado su turno.

El conductor se le acercó sin mostrar ninguna prisa, manteniendo la sonrisa que le había visto hacía apenas unos minutos cuando se acercaba con el coche, antes de embestirla.

¡Eres un cabrón!

No quiso escuchar ninguna respuesta, y dándole la espalda se encaminó hacia la barandilla donde había estado apoyada antes, pero esta vez ya no esperaba a nadie, tan sólo se preguntaba por qué no aparecía una ambulancia para llevarla al hospital si estaba llena de heridas."

Hoy me he despertado con este regalito de mi yo subconsciente. Supongo que pretendía transmitirme algún mensaje a través de él pero reconozco que mis despertares son espesos y mi mente en esos momentos no está para descifrar ningún código, secreto o no. Comprendo que sus sueños, aprovechando mi indefensión nocturna, tienen mucha más enjundia que los que yo me monto una vez que ya estoy despierta; mis protagonistas y mis decorados los elijo a placer y las historias transcurren por derroteros muy estudiados, aunque a veces, para no sentirme una cursi redomada, les pongo un filtro de cristal grisáceo, pero sin excederme, oiga. Es una forma de atemperar mis impulsos más primarios, que ya se encargará mi colega de manipularlos después, durante mis noches indómitas.

Sueños y poesía.

30 mayo 2008

Pasan lo días, y llueve

Mariposas en el nacimiento del río Tajo. (Fotografía de Isabel Huete)


"Me olvidaré de tu nombre cuando haya conseguido escribir todas las palabras". 

Esta extraña frase la he soñado mientras dormía la siesta; he soñado que se la decía a alguien que en estado onírico tenía un rostro pero que después se ha diluido al despertarme. Sería alguien de quien deseaba alejarme, o quizá no lo deseaba tanto porque el sentido de la frase parece indicar que me daba un tiempo que puede ser infinito. Los sueños parten de una realidad, por remota que sea, o de su estela, y supongo que éste mío no es una excepción. ¿De quién sería ese rostro? 

Hay muchos fantasmas en mi memoria pero creo que éste no es uno de ellos, ¡parecía tan vivo cuando le hablaba en mi sueño! No recuerdo nada más, aunque quizá perviva en mi subconsciente; quizá se halle metido en mi cerebro, investigando mis circuitos neuronales, murmurándome palabras incomprensibles, recorriendo mis deseos y extrayendo sus efluvios, dibujando cada instante que no fui feliz, o que sí lo fui; quizá sólo se haya sentado a esperar que le deje traspasar de nuevo mi puerta, o que le diga de una vez que no se la abriré nunca más; quizá sea un vagabundo buscando refugio y encontró calor entre mis sesos, o se está emborrachando con la sangre que fluye por mis venas; quizá es un espíritu angustiado, o lo contrario, que no sabe hacia dónde ir y se ha visto depronto sumergido en un sueño que no era el suyo; quizá sea únicamente el viento batiendo las alas de mis pensamientos, tan pasionales a veces, tan absurdos otras; o quizá no, quizá es la lluvia refrescándome los recuerdos, o apagando las llamas de los que son inolvidables... Quizá.

Quizá no es nadie, o nada, o ninguno, o son mariposas, o soy yo jugando a no ser.

Siesta y poesía.

28 marzo 2008

Pº Infanta Isabel, 29 - 5º izda. Madrid


A mí soñar no me cuesta nada. Sueño muchísimo y me suelo acordar durante la primera media hora de lo que he soñado. A veces me recreo en los sueños, sobre todo en los que me parecen más disparatados, que casi siempre son los más intensos y los que me provocan más inquietud. Por lo general mis sueños no son caminos de rosas sino todo lo contrario. Mis vidas paralelas oníricas están plagadas de situaciones angustiosas, de relaciones tormentosas, de obstáculos insalvables, de rincones siniestros, escaleras interminables, playas con olas oscuras e inmensas, asesinatos, persecuciones... En fin, que podría componer con ellos un guión de película de terror, incluso gore, del más duro. Y lo malo es que muchos, no conforme con la pesadumbre que me generan, los suelo repetir, supongo que porque debo tener una vena masoquista en algún rincón de mi subconsciente.

Esta noche he vuelto a soñar, como otras muchas veces en mi vida, con la casa de mi abuela Carmen en Madrid. Era -y es- un edificio del s.XIX, de techos altos con artesonados clásicos, grandes ventanales en las estancias principales y un pasillo que desde que la dejamos mo he vuelto a ver pero que de pequeña me parecía un inmenso túnel. El suelo era de grandes tablones de madera que las empleadas que teníamos (pelas no había pero dos empleadas nunca faltaban, eso sí: sin cofia) fregaban a mano, con cepillo de gruesas y duras cuerdas y lejía (no he podido olvidar sus sabañones en invierno). Luego, hasta que se secaban, extendían hojas de periódico sobre las que teníamos que saltar para no pisarlo. A mí eso me divertía mucho.

La casa giraba entorno al pasillo, al que daban todas las puertas de las habitaciones, excepto el comedor, que daba al cuarto de estar y que estaba amueblado con muebles de estilo castellano, tan oscuros que parecían carbonizados, con grandes rosetones labrados en las puertas en cuyo centro había una imagen parecida (quizá lo era) al perfil de Hernán Cortés con su casco incluido. Sobre el aparador colgaba un gran cuadro del Corazón de Jesús, del que había sido muy devoto mi abuelo, y el resto de paredes estaban llenas de fotografías antiguas de las respectivas familias de mis abuelos, incluso creo que había alguna de una de mis tatarabuelas. También recuerdo dos enormes radios, con una de las cuales, la que estaba más escondida, yo jugaba a sintonizar emisoras cuando no me veía nadie porque eran artilugios prohibidos para los niños. Pero a mí, rebelde ya entonces, lo prohibido me atraía especialmente, más aún porque me parecía mágico eso de que de aquella caja salieran palabras y música.

Realmente era una casa que a mí se me antojaba enorme y el peor castigo que me podían inflingir (este es un verbo que no existe, por cierto) era tenerme aislada en lo que llamábamos "el cuarto aquel", el que estaba al final del pasillo, en la otra punta de donde se desarrollaba la vida familiar; un cuarto que nadie ocupaba y que estaba lleno de cachivaches, con un ventanuco por el que apenas entraba la luz de la calle. Y es que los ventanucos a mí me producían terror. Cuando iba al cuarto de baño, que también tenía ventanuco, el rato que estaba sentada en la taza del váter me lo pasaba con la cabeza girada hacia atrás y hacia arriba mirando el dichoso agujero (quedaba justo encima) porque me imaginaba que alguien podía entrar por él y llevarme a no se sabe donde, pero desde luego debía creer que sería un sitio espantoso porque en cuanto acababa salía corriendo como alma que se lleva el diablo.

Yo no sé qué efecto produjo en mi mente infantil aquella casa pero la realidad es que he soñado cientos de veces con ella, y lo curioso es que cuando lo hago, si bien mantengo la distribución de todas las habitaciones, el paisaje interior cambia bastante. Las paredes están pintadas de vivos colores, los suelos son blanquísimos y el mobiliario es de estilo minimalista, es decir, todo lo contrario a lo que había entonces. Siempre suena una música de fondo, y el único cuarto que ocupo es el de estar. Cuando me dirijo a la casa siempre es de noche, la calle está bastante solitaria y a veces me cuesta muchísimo llegar, como si el camino fuese interminable. Luego entro en ella y todo cambia, porque a pesar de no haber nadie más que yo, me siento como acompañada, protegida, lo cual, dentro del propio sueño, lo interpreto como algo irreal porque mis recuerdos de la estancia en la casa de mi abuela no son precisamente muy felices.

La mente tiene algunos pasadizos tan estrechos que creo que nunca lograremos atravesarlos. Lo que me inquieta es esa recurrencia de algunos sueños, como si fueran llamadas insistentes a la puerta y, cuando te decides a abrirla, sólo te encuentras frente a la nada.

Sueños y poesía.

31 mayo 2007

Un antiguo poema... ¿o un poema antiguo? Y un sueño.

Siento consumirse mi añoranza.
Se va derritiendo
lentamente,
como esa nieve blanca suspendida
en una lágrima que se aferra
a mi ventana.
Me olvidarás pronto, murmuraste
aquella noche
ya lejana,
mientras besaba tu cuerpo
hasta convertirlo en sombra
para no sentir tu marcha.

Y después...

NADA.



Esta imagen, tan mágica, la rescaté de algún sitio de internet hace unos meses porque las imágenes envueltas en bruma siempre me han gustado. A la vuelta de Punta Umbría este año, tuve la enorme suerte de disfrutar de un una visión fantástica del parador de Carmona envuelto en por la bruma. Es un castillo con las murallas practicamente en ruinas, pero la silueta era fantasmal y bella como pocas he visto.

Y como el poema, no sé si con alguna calidad o con ninguna, pero mío, muy mío, y en consecuencia muy querido, habla de sombras, pues le añadí la sombre brumosa de este faro.

No sé cuándo lo escribí, pero desde luego hace no menos de quince o veinte años. Lo que sí recuerdo es que me acababa de dar una pequeña-gran hostia sentimental, de esas que crees que te marcarán para toda la vida y que luego olvidas hasta el año en el que se produjo y, en este caso, hasta el nombre de quien la produjo... Así es la vida... ¡por suerte!.

Esta noche he tenido un sueño truculento y divertido, pero lo más interesante de él son las personas con las que lo he compartido: María, una antigua amiga de correrías nocturnas por Madrid a la que no veo desde hace muchos años; Javier Berros y Braulio Noriega, queridos amigos de "La última canana de Pancho Villa", publicación hermana donde las haya; mi madre, una portera vengativa y la policía. Yo, complice de María por el asesinato a porrazos de su padre; Javier y Braulio los estrategas en la confección de una coartada para poder irnos de rositas; mi madre, la encargada de borrar las huellas; la portera, la denunciante por motivos "inconfesable", y la poli tan despistada como en todas las series policiacas en las que el protagonista es el único que se las sabe todas. En fin, que me lo he pasado pipa.

Lo más curioso de los sueños en la capacidad que tiene la mente para mezclar personas que nada tienen que ver unas con otras, además de otorgarles papeles en muchos casos totalmente antagónicos con su verdadera personalidad. Pienso que los sueños son una verdadera escuela de cine, en ellos nada es imposible.

Sueños y poesía.

FOTOLIA