un sueño que el vacío les robó.
Nadie bajo la oscura capa de hormigas
osó mover un músculo.
Un árbol tiñó su sombra de carmesí y secó
las flores que inquietas retozaban.
El pájaro cantó afónico una melodía
dedicada a la quietud del viento.
La gota de lluvia saltó de rama en rama hasta evaporarse
sin llegar a caer sobre el helado manto de hierba
ennegrecida por el fuego que una estúpida mano prendió.
El zorro salió de su guarida al olisquear la sangre que brotaba
de las fuentes abiertas a la furia del rayo.
La niña no pensaba, sólo intuía la catástrofe.


