Mis primeros zapatos de tacón me los puse a los 15 años, y eran de mi madre. Unas sandalias azules que me hacían un daño espantoso, pero las sufrí con resignación durante toda una tarde; hasta bailé con ellas en la típica fiestecilla de pandilla veraniega. Cuando llegué a mi casa creí que mis pies nunca más lograrían apoyarse en el suelo de forma normal de tantas llagas como me produjeron. Pero no fue así y durante muchos años llevé zapatos de tacón, en invierno y en verano; con lluvia y con sol; en bodas y en reuniones; en cualquier lugar en el que me encontrara.
Llevé tacones imposibles y alzas más imposibles todavía, incluso llegué a calzar un 35 cuando en realidad calzaba un 38, todo porque pisaba mal y al darlos de sí se me acababan saliendo; no se me ocurrió otra "feliz" idea que ir achicando el tamaño para evitarlo. Quería parecer más alta, más estilizada, más femenina, más atractiva, y quizá también más distante.
No me importaba si cada vez me cansaba más o me dolían más los pies y la espalda. Tenía que arrasar, irrumpir en todo lugar y ante todo tipo de gente como un chorro de lava, y dejar huella. Los tacones eran parte de mi identidad... o eso creía yo. Y luego llegó mi ex, tan estupendo y tan pijo él, diciéndome que si no tenía las piernas suficientemente largas y finas, que si no era demasiado alta (1'67 le parecía poco), que si no tenía suficiente glamour... Y, ale, yo a subirme cada vez en andamios más altos para no defraudar. Hasta que conocí a un hombre bastante mayor que yo que me avisó: tendrás problemas de espalda, y de digestión, y de circulación por ir subida en esos tacones. ¿Qué os pasa a las mujeres que por querer parecer más bellas os ponéis cosas tan antinaturales? Comprendí cuánta razón tenía y decidí enmendarlo: desde hace casi veinte años apenas me pongo tacones, y si me los pongo no pasan de 5 cm. y sólo en ocasiones bastante especiales. Mi cuerpo lo ha agradecido, lo sigue agradeciendo, pero las consecuencias ya son irreparables. Tengo la espalda hecha cisco, los pies hechos un poema y la circulación reclamando duchas de agua fría y masajes a cuatro manos.
El problema es que aunque quiera pasar de las dichosas modas no me dejan. Ayer, buscando unos botines negros cómodos, me tuve que cabrear con varias zapaterías de Madrid por no tener nada que se ajustara a mis necesidades. Que si quieres caldo, toma dos tazas. Vayas donde vayas no encuentras calzado que no sea en punta, y si lo hay chato, es completamente plano (que tampoco) y de plástico. Si lleva poco tacón, es fino filipino; si es de tacón grueso, como yo lo quiero, mide más de 5 cm. o tiene alza. Pero lo que son unos botines negros, sin punta estrecha, de tacón de 2 o 3 cm. y de la anchura de todo el talón, pues como que no. ¡Es que lo que usted busca ya no se lleva! Pues vale, mujer, pero tampoco estaría mal que fabricaran para todos los gustos. Quizá los podría encontrar en la gama de zapatos ortopédicos... Apreté los puños para no lanzar las manos a su delicada garganta. En las cinco zapaterías que miré y pregunté poco más o menos me dijeron lo mismo, así que me marché a casa con la cabeza baja e invadida por los más oscuros instintos asesinos.
La moda... ¡Qué imbéciles somos! Somos capaces de dejarnos arrastrar por una panda de diseñadores, la inmensa mayoría hombres, a los que poco les importa los efectos de ese calzado absurdo y sólo piensan en la estética. ¿Por qué no se los ponen ellos? Ay, hija, es que la pierna de una mujer con zapato de tacón se ve mucho más estilizada y bonita... ¿Para quién, oiga? Pues para todo el que la mire. Mentira cochina. Yo no me fijo en las piernas de las mujeres, ni de los hombres; en todo caso en su culo (de los hombres, claro), y ni eso. No comprendemos las mujeres que por mucho tacón que queramos ponernos, nuestras piernas nunca serán las de una top-model ni andaremos con su gracia y estilo. Yo lo he intentado alguna vez y lo único que he conseguido es parecerme a Lina Morgan... pero peor. Y lo de parecer más altas, pues más de lo mismo: ridiculeces que nos han metido en la cabeza para ser más admiradas por los hombres, como si ellos midieran todos 1,90. Siempre he admirado que hasta el hombre más canijo y feo se crea el rey del mambo.
Ya está bien que tengamos que ir por la vida de barbies, de tener que parecer lo que no somos, de tener que corregirnos por dentro y por fuera, de ser muñecas de almanaque. ¿En qué piensan nuestros queridos hombres? Pues en Halle Berry. ¿Y en qué pensamos nosotras? Pues en parecernos a ella.

