Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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20 diciembre 2007

Crujidos

Yo no sé qué les pasará a los demás, pero a mí casi todos los días el corazón me pega un crujido que me deja molida, y no es porque mi particular bomba interna funcione mal (a veces se despendola un poco, como a Inma, pero luego se recoloca ella solita), sino que pasan cosas que la paralizan y tiene que hacer un esfuerzo enorme para seguir latiendo como si no pasase nada... Pero sí pasan cosas, y algunas de esas cosas que pasan y que me noquean tienen que ver con la subespecie más repugnante de la raza humana: los pedófilos, los pederastas. Hubo un tiempo que pensaba, como sé que todavía lo sigue haciendo mucha gente, que su vicio tenía que ver con algún tipo de enfermedad mental, pero a medida que he ido comprobando la proliferación que hay de estos hijos de la grandísima puta, su vinculación con cualquier actividad laboral o credo, hasta las más respetadas socialmente, su desfachatez a la hora de actuar y la utilización que hacen de Internet no sólo para satisfacer sus deseos sino, además, para enriquecerse a costa del abuso de los niños y niñas, de joderles la vida en un momento en el que lo que más necesitan es protección y amor, ya sólo pienso que simplemento son gente cuya mente está invadida por la vileza y la podredumbre, y disfrutan siendo así: viven sin alma, son escoria. Y es que parece interminable la lista de estos seres nauseabundos porque interminables son las actuaciones de las fuerzas de seguridad para desmantelar sus redes. Nunca se acaban, y cada vez estas redes parecen más extensas...

Lo mismo le pasa a mi corazón cuando una mujer es asesinada por su pareja porque eso de que "sólo serás mía" ya no le funciona. Se le rompió el dominio y no la mata por amor sino por resentimiento, porque ahora se siente inferior, porque ha perdido una corona y un cetro que nadie le puso, porque ese cuerpo y esa mente que creyó le pertenecían pueden ser disfrutados por otro. ¡Maldita puta!, se dicen todos, y no lo dicen porque ya no la posean sino porque cuando la poseyeron tenían el mismo concepto de ella. Nunca la concibieron como un ser libre, autónomo, igual, sino como el instrumento que satisface sus necesidades que cogen y tiran a placer. Él se considera un rey pero no quiere una reina al lado, sino la esclava que le sirve y se la mama por la noche, o a cualquier hora del día, depende. A veces intento ponerme en su lugar, imaginar cómo será la vida de esas mujeres olvidándome de cómo se trata el tema en las películas, por reales que puedan parecer, y quizá lo sean. Intento imaginar mi vida cotidiana con un hombre así al lado, con el miedo y el asco comiéndome las entraña y, encima, sin valor (y muchas veces también sin medios) para darle la patada o para salir corriendo yo. Con la voluntad hecha añicos, con la autoestima convertida en una fregona que rebaña todas las mierdas, con las fuerzas escapándose por el sumidero del lavabo. Tanta lágrima a veces se enquista en el ojo y no deja ver; quizá también en el cerebro, y no deja pensar con claridad. La culpa no es de ellas aunque muchas así lo crean. Y no, todos los hombres no son iguales respecto a este asunto, por supuesto, pero todavía a muchos les cuesta condenar estos comportamientos, como les pasa a esos jueces que, sin justificar el asesinato y condenándolo, creen que alguna culpa tendrá la mujer, algo habrá hecho que no se dice... Y las penas a veces son vergonzantes. Pero ni la mujer más coñazo, ni la más intransigente, ni la más coqueta, incluso ni la más perversa y despreciable, merece perder la vida por el hecho de que su pareja no la soporte o, por el contrario, exija que vuelva con él, ¡faltaría más! Uno debe coger la puerta y largarse o, en su caso, asumir la derrota. Nosotras también sufrimos la compañía de seres indeseables en muchos casos y nos sentimos derrotadas por el amor, pero no nos dedicamos a matarlos... Somos diferentes, realmente.

Aún nos cuesta, a mujeres y hombres, entender que el matrimonio o el emparejamiento no significa pertenencia sino compartir el armario de la ropa y el de los sentimientos, y respetar el sitio que ocupa cada cual, desde la libertad. Y eso lo digo yo, que soy incapaz de compartir mi armario con nadie, que mi casa es mi cueva y que el otro se ocupe de su armario y de la suya. Tres años de matrimonio me bastaron para comprender que lo mío no era la vida en pareja aunque pueda amar con locura a alguien. No me basta el amor de y hacia otro para sentirme viva, aún amo más mi libertad, quizá porque he tenido que luchar y sufrir mucho para conseguirla y disfrutarla. Y porque yo pienso que sólo desde la más absoluta libertad, desde la total conciencia de quién y cómo es uno mismo, se puede amar. Y ya no digo en el caso de desear tener hijos...

Y al decir esto me ha venido a la cabeza esa absurda teoría, que ha sido recogida en los medios de comunicación días atrás, de que los padres pueden darles de vez en cuando algún que otro cachete a sus hijos. He escuchado opiniones de lo más variopintas, algunas incluso escalofriantes. El problema no es que a un niño que reiteradamente se porta mal se le de un cachete de aviso. Lo que a mí me preocupa es que el comportamiento bueno o malo de los hijos es una apreciación subjetiva de los padres, y casi siempre esa percepción subjetiva tiene mucho que ver con su capacidad de comprensión y de paciencia, de colocarse en la edad y lugar de sus hijos. La permisividad social y política de los cachetes implica que los padres con la mano un poco larga se sientan respaldados para utilizar esa medida como algo normal, y del cachete de advertencia a la bofetada o tortazo hay un paso muy pequeño. Y lo siguiente a justificar es la paliza. Yo he visto a padres defender como leones a sus hijos frente a los demás y, al tiempo, tenerlos machacados en casa ante cualquier "salida de tono" de uno de ellos. La hipocresía campa a sus anchas, como en tantas otras situaciones. Y ya no hablo de los castigos desproporcionados, de los gritos, de los insultos o de las amenazas... Sé de lo que hablo, y de las marcas que te dejan en el cuerpo y en el alma. Antes les llamaba heridas, pero el tiempo lo cura todo y las cerró. Al menos me gustaría que los niños que sufren la violencia de sus padres, ya sea porque los dedos de la mano se les han quedado marcados en la mejilla o en el culo, o porque no se les escuche nunca, o porque les griten demasiado a menudo que son insoportables, o les manden a la cama sin cenar (¡ojalá sólo fuera este tipo de violencia!), tuvieran la misma suerte que yo y llegara un momento en el que las heridas dejaran de supurar y las marcas posteriores sólo quedaran como una seña de identidad.

¡Ojalá también les sucediera esto a los niños y niñas víctimas de los pederastas y a las mujeres que han sobrevivido -y sobreviven- a la violencia de sus parejas!

Infancia y poesía

25 mayo 2007

La violencia, la impotencia y la SER

Gracias por vuestros comentarios, Luis Felipe y Agustín, se nota que me queréis... :-)) Espero que no os quedéis sólo en eso y participéis aportando vuestro conocimiento, vuestra sensibilidad, vuestro buen hacer. Yo también os quiero y por eso algún día os dedicaré mis pensamientos en este cuaderno.

Cada mañana, cuando me levanto, escucho la SER. Es una costumbre que llevo practicando desde hace dos o tres años, no más. He vuelto a descubrir el poder y la atracción de la radio porque no sólo la escucho por las mañanas sino también en el coche (KissFM, Radio8O, antiguallas para algunos, quizá) cuando viajo. Y cuando digo que "he vuelto a descubrir" es porque el primer contacto que tuve con la radio de una forma propia, personal, escuchándo lo que yo quería y cuando quería, fue a los 11 años durante una hepatitis que padecí como consecuencia de la quinina que debíamos tomar para combatir, en lo posible, los riesgos de la malaria debido a nuestra estancia en Guinea Ecuatorial; terrible enfermedad que llevó a la muerte a una de mis hermanas con apenas cinco años y por poco se lleva a otra. Yo la padecí varias veces pero ya se sabe: bicho malo nunca muere... Los seis meses, aproximadamente, que me obligaron a permanecer en cama (entonces la hepatitis "se curaba" con medicamentos y mucho reposo) me llevaron a utilizar la radio como arma de entretenimiento. Me la ponía debajo de la almohada con el oído muy pegado a ella para que mi madre no supiera lo que estaba escuchando, sobre todo cuando por las tardes pretendía que rezáramos el rosario mientras ella se paseaba por el pasillo. No sé cómo lo hacía, pero balbuceaba las oraciones mientras escuchaba la radio. Mamá nunca se dio cuenta.

Escuchaba embobada todos los seriales habidos y por haber (no aptos para niños, claro), mucha música ¡y fútbol! No me perdía ningún partido que se retransmitiera, ni de la liga ni los internacionales. Fue entonces cuando me hice del At. de Madrid, porque me dio tanta rabia que perdiera contra el Tottemham de Inglaterra por 6-1 (si no recuerdo mal) que lo convertí en mi equipo favorito. Una constante de mi vida ha sido arrimarme a los perdedores, no sé si por aquellos de "mal de muchos, consuelo de tontos" o porque tengo un ojo... Quizá ni lo uno ni lo otro y mi sentido de la solidaridad sea mayor de lo que yo creo. Quizá.

Hoy un sociólogo que participaba en la tertulia, que se retransmitía desde San Sebastián, junto a Josu Jon Imaz y Patxi López, decía que la violencia era un síntoma de la impotencia. Me he quedado con esa frase de todas las que se han vertido porque he empezado a memorizar situaciones de violencia que he vivido en mi vida personal y que sigo viviendo, no ya en lo personal (la edad es un grado) sino en lo público y he llegado a la conclusión de que, efectivamente, la impotencia, entendida como incapacidad para/imposibilidad de conseguir los fines que uno se propone, si no se es capaz de aceptar la realidad, puede desembocar en algún tipo de violencia (hay muchos). Y esto lo enlazo con un reportaje que, ya empezado, vi ayer por la noche en Localia sobre el nazismo: espeluznante, demoledor. Un desfile interminable de soldados de todo tipo, con distintos ritmos y gestos con los brazos, al paso de la oca algunos, otros acompañados de música y tambores, otros de estandartes imitando a las legiones romanas, todos altaneros, ante un Hitler terriblemente complacido, sonriente, admirado, implacable con su brazo en alto, junto a toda su banda de generales, mariscales, ministros y demás afines. Y la gente, en las aceras y balcones, alegre, aplaudiendo o levantando el brazo entusiasmada. Luego, un discurso de Hitler en un congreso nacional-socialista que no sé si fue el primero o uno de los primeros después de hacerse con el poder; un discurso, como no podía ser menos, xenófobo y defensor no sólo de la pureza de sangre sino, además, de que unos pocos, los auténticos arios y pertenecientes al partido, la minoría, fueran los únicos legitimados para mandar y convertir por milenios y milenios a Alemania en la dueña del mundo. Se me infartó el alma como se me infarta cada vez que veo algo así, por muy sabido que lo tenga, pero no quiero que se me olvide que alguna vez todo esto ocurrió y que sigue ocurriendo todavía en algunas partes del mundo en mayor o menor medida.

Me dediqué a observar la cara de Hitler, tanto durante el desfile como durante su discurso, para intentar comprender a través de sus gestos, de su mirada, qué era eso que le podía mover a protagonizar semejante infamia, el horror en esencia pura. Me sorprendí diciendo: "es una mierda, es puro teatro". Lo más cercano a la psicología que he estado en mi vida fue cuando estudié Psicología Social en la carrera y mis sesiones personales de terapia psicológica cuando lo he necesitado. No soy, por tanto, ninguna experta, pero presumo de ser tremendamente intuitiva y la cara de ese monstruo me decía que la seguridad no era su fuerte, ni la templanza, ni la fortaleza interior, ni la sabiduría, justo todo lo contrario de lo que pretendía transmitir. En definitiva, que era un incapaz, un impotente mental (sexual he leído que también, pero no es lo que me interesa porque bien pudiera ser "derivado de", precisamente). Esa incapacidad/impotencia bien pudo ser la causa de su violencia, de su destrucción de todo aquello que pudiera sacarla a la luz, la debilidad de "los otros" pudo hacerle creer que aumentaba la suya, ya de por sí bastante alta. No estoy estableciendo ninguna teoría (sería pretencioso por mi parte y, sobre todo, ingenuo) sino que quiero encontrar una respuesta, algo que me lleve a comprender qué hay detrás de todo acto violento, terrorífico, indiscriminado, y qué mueve a quienes lo abanderan y lo practican. Pienso que la mente es el motor de todo lo que hacemos y sentimos, y los actos y pensamientos aberrantes surgen cuando somos incapaces de controlarla, de encauzarla, de interpretarla en sus manifestaciones racionales y/o sentimentales. Asumir la realidad es el primer paso para alcanzar la cordura, ¡pero qué difícil nos resulta comprender eso! Y si no, que se lo pregunten a Aznar, y a Rajoy, y la Batasuna, y a ETA, y a los maltratadores y asesinos de mujeres, y a Bush, y a los de la COPE, y a Bin Laden y seguidores, y a todos los torturadores, y a los dictadores y fascistas que aún quedan en el mundo... No todos son iguales, por supuesto, ni siquiera comparables, pero sí manifiestan distintas formas de violencia, unas verbales y otras físicas en mayor o menor grado, con las que pretenden ocultar su impotencia, su incapacidad, su miedo al otro y, sobre todo, a sí mismos. ¡Qué pena!

¡Hay que ver a lo que me ha llevado una frase dicha en una tertulia de la radio por un sociólogo!

Lluvia y poesía.

FOTOLIA