Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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06 agosto 2008

No fue un sueño

La primera foto nada más llegar. Vista desde el apartamento en Punta de la Mona (Granada). Fotografía de I. Huete

También hubo luna. Vista desde el apartamento. Fotografía de I. Huete.

Puesta de sol desde el apartamento en Punta de la Mona (Granada). Fotografía de I. Huete.

A las 10:10 de la mañana un hombre en la playa de La Herradura (Granada). Fotografía de I. Huete.

El último día, la última visión en la cala de Marina del Este (Granada). Fotografía de I. Huete.


Fue una delicia contemplar la belleza del mundo y las soledades de todos.

Mar, sol, luna y poesía.

17 abril 2008

Dedicada a Pilar


A Pilar le apetecía ver el original de la foto retocada en la siguiente entrada, así que nada tan sencillo como satisfacer su deseo si ello le hace más feliz. Mientras yo pueda...
Para ti, cielo.

¿Existirá un planeta así?


Hice esta fotografía el año pasado en la Punta de la Mona (Granada) y hoy la he retocado para verla de otra manera. Me gusta imaginar mundos fantásticos, con otros colores y, quizá, con otra dimensión. Sé que puede gustar mucho o sencillamente nada. Pero estoy trabajando mis fotos de esta manera para adjuntarlas al texto de mi próxima publicación sobre el poemario de Andreu Navarra "Fiebre y ciudad", que ya he anunciado aquí en otras entradas. He hecho como 500 tomas de calles, plazas, grafitis, señales, árboles, farolas, escaparates, fachadas, andenes de metro, etc. de Madrid, aunque podrían ser de cualquier otra ciudad. La lectura de los poemas de Andreu me han llevado a mirar la ciudad de una forma un tanto retorcida, fantasmal, rabiosa, enfebrecida, y también vital.
Ahora no puedo subirlas hasta que no se publique, que será en poco tiempo. Pero cuando llegue el momento lo haré. Esta es de un paisaje, pero con ella he querido mostrar el mundo imaginario que estoy creando a través de mis fotografías.
Fiebre y poesía.

03 agosto 2007

De vuelta a casa

Me despedí de la Punta de la Mona con este amanecer del lunes. Fue una suerte porque por más que intenté otros días levantarme antes de las 7 de la mañana para poder disfrutar de la salida del sol desayunando en la terraza, Morfeo me tuvo amarrada al sueño anulando totalmente mi voluntad, lo cual, por otro lado, en el fondo agradezco con todo el alma. Pero ese día quería salir temprano para evitar en lo posible atascos de circulación con eso de ser fin de mes y, quizá por la tensión que genera todo preparativo de viaje, me desperté bastante antes de que sonara la alarma de mi móvil. Eso me permitió fotografiar todo el proceso del nacimiento del día, que fue sencillamente fantástico.

Me encantaría poder decir que han sido unas vacaciones de ensueño, pero lo más que me atrevo a afirmar es que han sido quince días de desconexión de mis neuras habituales, ésas de las que nos pasamos renegando el resto del año, aunque, pensándolo bien, no sé si la vida sería tan entretenida en caso de no tenerlas.

No me quejo. La desconexión es como una cortadora de césped que deja el jardín mucho más "aseadito", invitándote a pisarlo con los pies descalzos y a disfrutar del aroma que se desprende de la hierba recién cortada... Pero me queda un puntito de insatisfacción por no haber podido disfrutar en total libertad de todo cuanto me ha rodeado. Viajar acompañada de una madre y una hermana en crisis, por mucho que se las quiera, no es precisamente lo más recomendable. Más cuando dependen de ti para poder desplazarse bien sea a la playa, a comprar, o para visitar cualquier otro lugar de interés. Compatibilizar caracteres ya es difícil en situaciones de convivencia normal, pero si a ello se añade que, en mi caso, tal compatibilidad no ha existido nunca ni podrá existir, la cosa se complica un pelín. La única posibilidad es callarse (las tres sin excepción) todo aquello que pueda hacer saltar la más mínima chispa, que pueda ser fuente de controversia, que pueda alimentar cualquiera de los miles de reproches que llevamos haciéndonos toda la vida. Si evitamos la fricción todo transcurre como la seda... aunque ésta no sea más que la piel bajo la que se ocultan pensamientos inconfesables. Aún así, me doy por satisfecha y asumo la responsabilidad de haber sido la organizadora de tal encerrona y, por tanto, de sus consecuencias, sobre todo para mí que soy la menos sociable, o la más necesitada de soledad. Mi madre ha disfrutado como una enana con todo y ha descansado, que era lo que yo pretendía, quizá porque tiene muchos años y, aunque está en magnífica forma todavía, ya le empiezan a aparecer esas goteras irreparables que te llevan a pensar si el año que viene seguirá estando aquí. Y no es cuestión de pesimismo sino de realismo, del más crudo, de ése que llevamos como una marca indeleble en medio de la frente desde el mismo momento en el que la vida nos da la bienvenida. Puro determinismo antropofísico: el cuerpo como signo y significado de la existencia. Llevo tiempo empeñada en que mi madre, alguien a quien he aprendido a querer después de muchos años, disfrute al menos quince días al año de todo aquello que más le gusta: la playa, hacer excursiones, pasear a la orilla del mar, darse caprichos gastronómicos, no pensar en obligaciones, leer el periódico sin interrupciones innecesarias, en definitiva: vivir como una reinona.

Lo de mi hermana, la cuarta de los cinco que somos, es otro cantar. Es una persona tan terriblemente frágil que la vida se le lleva deshaciendo entre los dedos sin darse cuenta desde que tiene uso de razón. Tampoco el resto de la familia nos dimos cuenta hasta que hace dos años se rompió en mil pedazos, como una copa de cristal al estallar contra el suelo. Doctora en Historia, de gran inteligencia, culta, simpática a rabiar, generosa, cariñosa... y con una valoración de sí misma igual a cero patatero. Eso la hace muy vulnerable y dependiente de los demás. Es curioso lo diferentes que podemos ser los hermanos entre nosotros. Mientras yo busco a menudo (y disfruto) la soledad, ella la rehuye como a la peste. Yo creo que hasta le da miedo encontrarse a sí misma a la vuelta de cada esquina, sobre todo si es la del pasillo de su casa. La verdad es que despierta en mí una ternura inmensa, más ahora que ha sido capaz de darse cuenta de que vivir sola le supone un sufrimiento difícil de sobrellevar, pero está en el empeño de superarlo y eso ya es un síntoma a valorar. Pues bueno, por eso también me la llevo de vacaciones, aunque en algunos momentos me sienta algo culpable por no tener la paciencia suficiente ni la capacidad de comprensión necesaria como para hacer que se sienta totalmente a sus anchas. Dice que este año lo ha pasado mejor que ningún otro, y yo me digo que quizá sea verdad... Lo deseo de corazón.

Pero estas circunstancias no han impedido que haya disfrutado yo también de cosas que me gustan, sobre todo del olor, del color, del murmullo y de la brisa del mar; de los atardeceres dorados y de una luna llena tan maravillosa como ésta, que lució así la víspera de mi vuelta. Como no podía ser de otra manera, me la traje conmigo, ¡faltaría más!
Siempre he pensado que la vida sería un asco sin el disfrute de las pequeñas cosas, pero para poder disfrutarlas antes hay que saber percibirlas y pararse un tiempo a observarlas. Después uno puede darse cuenta de que son mucho menos pequeñas de lo que pensamos, o quizá lo que pasa es que al disfrutarlas y hacerlas nuestras las engrandecemos para no perderlas nunca.
Luna y poesía.


13 julio 2007

La bulimia del articulista

Hoy me despido hasta primeros de agosto. Me voy dos semanas a disfrutar de los placeres de la mar, del buen comer y, sobre todo, del buen dormir, por mucho que les pese a Juan Manuel de Prada (¡qué personaje tan desagradable y oportunista!) y a Javier Marías, con quien disfruto enormemente leyendo sus obras pero no comparto en absoluto su crítica, por obsesiva y en muchos casos destructiva, de todo y de todos/as, sin dejar títere con cabeza, en la mayoría de sus artículos del dominical de El País.

Y cito a ambos escritores porque hace unos días, el uno en ABC y el otro en El País, pusieron a caer de un burro, con una actitud elitista y un lenguaje marcadamente despectivo -cada uno a su manera-, a quienes nos preparamos para pasar las vacaciones de la forma más desahogada y cómoda posible (respecto a la ropa) y más entretenida (respecto a nuestros deseos de disfrutar aún sabiendo que quizá nuestro destino sea todo lo contrario de una playa paradisiaca). No me gustan las personas que creen estar por encima del bien y del mal y, lo que es peor, intentando siempre sobreveolar sobre las cabezas de los demás. La verdad es que cuando me tropiezo con alguien así enseguida pienso que deberían sacarles una foto sentados en el váter cagando, salvo que en este caso, dado su condición de intelectuales, no caguen como todos los demás... lo que, ahora que lo pienso, explicaría su comportamiento compulsivo de echar tanta mierda por la boca. Quizá sea una nueva modalidad de trastorno de la alimentación: la bulimia del articulista acomplejado. ¡Penita!

La mar de mares

Yo a lo mío, que es lo que importa. Y lo que importa hoy es que ya huelo y oigo el mar, siento la brisa y puedo ver las estrellas luciendo en el techo ese, virtual, al que llamamos cielo... (en Madrid no se ven :< ) Y eso estando todavía a 500 km del trocito de costa al que me dirijo: Punta de la Mona, Playa de la Herradura (foto de la derecha, saliendo el sol), entre Almuñécar y Nerja, provincia de Granada. ¡Una delicia de sitio! Hay playas con gente y otras casi vírgenes (siguiente foto) dado su difícil acceso. No son precisamente de arena, sino de cantos pequeños, como los de los ríos, que adquieren una variedad de colores inmensa cuando los mojan las olas. Tengo muchas en casa, en agua, bellísimas.
Y la mar es transparente y limpia. Y el sol, cuando sale, invita a trinar a los pájaros y se cuela junto a la brisa matinal hasta la puerta de la calle; y cuando se pone parece una bola de fuego que se va
tragando el mar, dejando una estela de matices rojos en el cielo y en el el agua que envuelve todo como si fuera un manto mágico.
Y toda esta maravilla la fotografié el año pasado cuando estuve allí en septiembre, como se puede ver. No conocía el lugar (lo encontré buscando algo diferente en Internet) y me enamoré de él. Se lo recomiendo a quien no lo conozca, entre otras cosas porque también se puede visitar la Alpujarra granadina, que está cerca y me han dicho que es una gozada, y que espero recorrer estos días. Y Granada está a tiro de piedra, y las cuevas de Nerja (apabullantes)... También quiero ir al pueblo de La Peza, cuna de mi familia paterna... de la que algún día hablaré porque tiene una historia de novela.
Y eso: la mar de poesía.

FOTOLIA