Bitácora de Isabel Huete
SOLIDARIDAD CON HAITÍ
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01 octubre 2008
Lo que aquí se esconde
Imagen de ojo retocada digitalmente por Isabel Huete
A veces, cuando leo otros blogs, me pregunto si no debería cambiar la tónica general del mío y elegir una línea de comentarios más homogénea, menos dispersa. Pero me asalta la duda de si sabría someterme a ese tipo de disciplina. Mi mirada danza de un sitio a otro por el escenario de la vida y se para sólo cuando ve algo que le inquieta, para bien o para mal. ¿Por qué no expresarlo entonces así?
Cuando decidí crear esta bitácora me lo planteé como una puerta abierta hacia mi interior, sin pretender poner ningún tipo de condición a quienes decidieran traspasarlo (salvo la del necesario respeto mutuo) y, a la vez, que me sirviera también como túnel de evasión de ese campamento monótono que es el transcurrir de los días. Y es que a veces pienso que vivimos tras las vallas de una especie de campo de concentración, sin saber nunca en qué momento vamos a ser gaseados, o anulados, o desaparecidos. Tal es el poder que ejerce lo material sobre nosotros y las pocas salidas que nos ofrece.
Mi mente, como la de todos, supongo, se ve sometida las 24 horas del día a un martilleo incesante de noticias, sentimientos, sensaciones, tristezas, alegrías, fracasos, éxitos... Todos nuestros sentidos se ponen en alerta nada más despertarnos y lo que antes era descanso, a partir de ese momento se torna vorágine arrolladora de movimientos neuronales, estallidos inconscientes no siempre controlados ni controlables.
Pretendo extraer de todo ese maremagno aquello que me parece más positivo y sin duda, para mí, más placentero. No rehuyo el conflicto ni pretendo ocultar el genio vivo que tengo (a veces insoportable), tan sólo me adentro en mi yo más amable y lo muestro para convencerme a mí misma de que lo poseo, o busco su posesión para no desfallecer.
Mi impulsividad y sentido crítico hacia aquello que más me incomoda a veces me traicionan, sobre todo en los ámbitos menos atractivos en los que se mueve mi vida cotidiana. Vida bastante estéril, por otro lado, pero que he de llevar si quiero comerme de vez en cuando un suculento plato de lentejas y no caer en la inanición.
Consciente de esa realidad insufrible, a la fuerza tengo que recurrir a mi otra vida, la que se esfuerza en no dejarse arrastrar por la mierda que nos rodea, aunque a veces sea tanta que resulte imposible no acabar apestando a ella. Y esa es mi vida creativa, la que utilizo para perderme en los recovecos de la imaginación y de la sensibilidad, las que me gusta llenar con la contemplación de las pequeñas cosas, erróneamente consideradas exentas de grandeza. Nunca me he considerado, porque no lo soy, una artista, aunque sí alguien con cierto instinto para transformar la realidad más mísera en algo con ciertos tintes de belleza. Las manos, la luz y los colores son los instrumentos básicos a los que recurro, como tabla de salvación, para dar forma a esas mis otras vivencias, mucho más interiores y gratificantes aunque no estén expuestas en un mercado que, ni busco, ni me importa.
Intento nutrirme de lo bello, empaparme de su calidez, y exponerlo a la vista de los ojeadores sin que el miedo o el resquemor me ate. No busco reconocimiento ni juicio alguno, únicamente dejar abierta la puerta de esta mi casa en la que busco y encuentro la paz para que la traspase quien quiera compartirla conmigo. Algunos/as van y vienen, y otros se han quedado, pero ninguno/a me es indiferente. Y de todos aprendo algo nuevo cada día.
No puedo pedir más, pero sí puedo daros las gracias por vuestra compañía.
Blogueros y poesía.
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Isabel Huete
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Etiquetas: blogs, colores, paz interior, vida
18 septiembre 2008
Elogio de mi madre
Como siempre, mientras esperaba el autobús en el Pº del Prado (esta vez el 37, que tarda tanto como el 3 que cojo habitualmente), me he puesto a observar mi entorno y a comparar las cosas con otros aspecto de la vida. Esta vez han sido los enormes árboles que serpentean el bulevar central del Paseo, a los que se llaman vulgarmente "plátanos" aunque no tengan nada que ver con las plataneras ni con sus frutos. Los comparé con la personalidad de mi madre: inmensos y erguidos, bellos, cuajados todavía de verdes hojas estrelladas, finos de talle y generosos de sombra. Mi madre es así, la siento ahora así.
No siempre fue igual: no siempre sentí admiración por ella ni la quise con la intensidad que lo hago ahora. Eran otros tiempos, mucho más oscuros para todos y mucho más contenidos. La oscuridad te invita a tropezar con cada obstáculo, no te da la menor cancha y se ríe de tu torpeza y de tu miedo. Todos éramos más torpes y miedosos porque sabíamos mucho menos que ahora, desconocíamos no sólo dónde se ubicaba el interruptor de la luz sino que temíamos también que, de encontrarlo, éste no llegara a encenderla. Tan perdidos estábamos.
Mi educación familiar se sustentaba en tres patas: disciplina, acatamiento y buenas maneras. Y sobre estas tres patas debíamos hacer equilibrios imposibles para no caer ya que las consecuencias habitualmente eran bastante dolorosas, pero no voy a entrar en detalles porque las heridas están más que cicatrizadas y han dejado de doler, aunque todavía no hayan descubierto el remedio para hacerlas desaparecer, al menos en mi caso. Mis padres no pudieron, o no supieron, calzar la cuarta pata: la del amor. Y nosotros, sus hijos, tampoco pudimos, o tampoco supimos, devolverles algo que desconocíamos, o que en tonces no tuvimos conciencia de recibir. Quizá los árboles no nos permitieron ver el bosque y pesó tanto el dolor y la incomprensión que nos hizo inmunes a cualquier otro sentimiento. Si hubo amor, nuestra piel no lo reconoció.
El resentimiento y los reproches crecieron a la misma velocidad que nuestros cuerpos, pero a mí me llegó un momento en el que el peso de tanta miseria me impedía seguir creciendo, no tanto por fuera como por dentro, y tomé la decisión de intentar comprender, de abrirle las puertas al perdón, a ése que había tenido encerrado bajo siete llaves por miedo a que me debilitara, como una metáfora de los efectos que ejerce la criptonita sobre Supermán. Al fin y al cabo, mi vida se había desarrollado como una historieta de cómic.
Con mi padre surgió de forma casi imperceptible cuando cayó enfermo y en la demencia, quizá instigada por la petición que a su vez nos hizo de ser perdonado. Algo le debía martillear por dentro cuando lo hizo en uno de los pocos momentos de lucidez que tuvo. No podía negarme, y no me negué. No conseguí llorar con su muerte porque no sentí el dolor de la pérdida, pero sí encontré la paz que buscaba, la que había firmado al final de sus días con él. La muerte a veces tiene consecuencias insólitas.
Con mi madre el proceso fue más largo, incluso más difícil. El abandono y la falta de diálogo a la que la sometí durante la enfermedad de mi padre y en los dos años posteriores que conviví con ella me hicieron sentir el ser más despreciable de la tierra. Era un desprecio que se mordía la cola con la necesidad de huir de cualquier roce con ella. Huía porque me despreciaba y me despreciaba porque huía. La ausencia de cualquier queja por su parte empeoraba todavía más mi sentimiento de culpabilidad. Y decidió irse a vivir a casa de otra hija, supongo que con la esperanza de ser mejor tratada. Me pareció la mejor decisión para liberarse y liberarme de la angustia que ambas padecíamos en esa convivencia que parecía distanciarnos cada día más. Con su ausencia y ante mi propia soledad empecé a pensar, a comprender y a recordar todo lo que no había pensado, comprendido y recordado nunca.
Pensé en los muchos aspectos de su vida de los que nunca había alardeado o, en su caso, quejado. En la entereza que siempre había demostrado. En la paciencia que había tenido con su marido. En la violencia verbal y psicológica a la que había estado sometida durante su matrimonio. En la soledad en la que había vivido sin saber a quién acudir. En las veces que había hecho de pantalla entre la violencia de mi padre y el miedo de sus hijos. En la pérdida obligada de su personalidad alegre e innata. En su orfandad total a los 15 años como consecuencia de la guerra. En su lucha por la supervivencia. En su fortaleza.
Comprendí entonces las razones por las que no había sabido ser más tolerante, más comprensiva o más cariñosa: salvo en su infancia y preadolescencia, no había encontrado demasiados motivos para ser feliz, al menos ese tipo de felicidad que todos imaginamos cuando somos jóvenes que llegaremos a alcanzar en algún momento. Ahora la realidad la palpamos casi desde el mismo momento que alcanzamos el uso de razón, pero en aquellos años la sociedad estaba instalada en el limbo, las costumbres eran castrantes y las mujeres meros instrumentos para la procreación. Mi madre, como tantas otras madres de la época, fue un producto de su tiempo, incapaz de desincrustar de su cuerpo y de su mente tanta roña. Su marido, mi padre, no fue precisamente el revulsivo que ella hubiese necesitado para cambiar su mentalidad sino todo lo contrario. Él estaba cabreado con el mundo y consigo mismo y ella, con la "inestimable" ayuda de su fe, creyó que su destino era meterse en el ojo del huracán y compartir con resignación la devastación. A pesar de todo, sobrevivió bajo las ruinas y cuando recobró su libertad de pensamiento y de obra, tuvo el valor de luchar denodadamente por recomponer su casa y cobijarnos de nuevo a todos. Y nos ha dado todo el amor que antes no supo dejar aflorar pero que ahora estoy convencida de que nunca le faltó.
Con los años, muchos tuvieron que pasar, he conseguido recordar momentos en los que, enmedio del espanto, ese amor se manifestó: los cuentos que me contaba (maravillosamente) por las tardes mientras me acariciaba la cabeza, que yo reposaba en su regazo; sus abrazos cuando, convaleciente yo de una enfermedad infantil, dormía con ella en la misma cama en ausencia de mi padre; las carreras y las risas por el pasillo de casa huyendo de sus manos en ademán de hacerme cosquillas; los vestidos que primorosamente me confeccionaba aunque siempre me quejaba de ser un poco ñoños; sus caricias, tsiempre en la cabeza, cuando me echaba en la cama llorando después de tener una bronca con mi padre; los tebeos y libros que me compraba cuando con doce años sufrí una hepatitis y me obligaron a permanecer en cama durante meses; las propinas a escondidas; algunos secretos que supo guardarme, aun sin estar de acuerdo, para que no me castigara mi padre... Los años, que supuestamente promueven el olvido, a mí me han ayudado a recordar y, quizá también, a ser justa con ella.
Los últimos quince años nos han hecho cómplices, amigas, compañeras de paseos, de risas e, incluso, de alguna que otra copita de más. He descubierto a una mujer interesante, cautivadora, vital, sensible, divertida, generosa, necesitada de mucho cariño y capaz de darlo sin pedir nada a cambio. Ha sabido hacerse flexible, aunque sin perder la tozudez de todo buen maño y, aún hoy, me dedica las mejores caricias de cabeza porque sabe que con ellas me relajo y llego a perder hasta la consciencia. Y yo me dejo hacer porque sentir su piel pegada a la mía me devuelve a la niñez, a esa que siempre quise tener, y consigue reconciliarme con la vida.
Mi madre se ha reinventado y me ha ayudado a reinventarme, o quizá podría decir, mejor, que ha conseguido que seamos el verdadero invento que somos. Ahora, cuando la abrazo, se hace miniatura y siento la necesidad de protegerla, de llevarla en la palma de mi mano y pasearla por todos los mundos posibles. Pensar en su pérdida, inevitablemente cercana, me aterra, y sé que debo ir preparándome para pasar ese luto.
Yo no sé si es la madre más buena del mundo, pero me gustaría que todas las madres del mundo fuesen tan buenas como ella.
Mi madre es poesía.
No siempre fue igual: no siempre sentí admiración por ella ni la quise con la intensidad que lo hago ahora. Eran otros tiempos, mucho más oscuros para todos y mucho más contenidos. La oscuridad te invita a tropezar con cada obstáculo, no te da la menor cancha y se ríe de tu torpeza y de tu miedo. Todos éramos más torpes y miedosos porque sabíamos mucho menos que ahora, desconocíamos no sólo dónde se ubicaba el interruptor de la luz sino que temíamos también que, de encontrarlo, éste no llegara a encenderla. Tan perdidos estábamos.
Mi educación familiar se sustentaba en tres patas: disciplina, acatamiento y buenas maneras. Y sobre estas tres patas debíamos hacer equilibrios imposibles para no caer ya que las consecuencias habitualmente eran bastante dolorosas, pero no voy a entrar en detalles porque las heridas están más que cicatrizadas y han dejado de doler, aunque todavía no hayan descubierto el remedio para hacerlas desaparecer, al menos en mi caso. Mis padres no pudieron, o no supieron, calzar la cuarta pata: la del amor. Y nosotros, sus hijos, tampoco pudimos, o tampoco supimos, devolverles algo que desconocíamos, o que en tonces no tuvimos conciencia de recibir. Quizá los árboles no nos permitieron ver el bosque y pesó tanto el dolor y la incomprensión que nos hizo inmunes a cualquier otro sentimiento. Si hubo amor, nuestra piel no lo reconoció.
El resentimiento y los reproches crecieron a la misma velocidad que nuestros cuerpos, pero a mí me llegó un momento en el que el peso de tanta miseria me impedía seguir creciendo, no tanto por fuera como por dentro, y tomé la decisión de intentar comprender, de abrirle las puertas al perdón, a ése que había tenido encerrado bajo siete llaves por miedo a que me debilitara, como una metáfora de los efectos que ejerce la criptonita sobre Supermán. Al fin y al cabo, mi vida se había desarrollado como una historieta de cómic.
Con mi padre surgió de forma casi imperceptible cuando cayó enfermo y en la demencia, quizá instigada por la petición que a su vez nos hizo de ser perdonado. Algo le debía martillear por dentro cuando lo hizo en uno de los pocos momentos de lucidez que tuvo. No podía negarme, y no me negué. No conseguí llorar con su muerte porque no sentí el dolor de la pérdida, pero sí encontré la paz que buscaba, la que había firmado al final de sus días con él. La muerte a veces tiene consecuencias insólitas.
Con mi madre el proceso fue más largo, incluso más difícil. El abandono y la falta de diálogo a la que la sometí durante la enfermedad de mi padre y en los dos años posteriores que conviví con ella me hicieron sentir el ser más despreciable de la tierra. Era un desprecio que se mordía la cola con la necesidad de huir de cualquier roce con ella. Huía porque me despreciaba y me despreciaba porque huía. La ausencia de cualquier queja por su parte empeoraba todavía más mi sentimiento de culpabilidad. Y decidió irse a vivir a casa de otra hija, supongo que con la esperanza de ser mejor tratada. Me pareció la mejor decisión para liberarse y liberarme de la angustia que ambas padecíamos en esa convivencia que parecía distanciarnos cada día más. Con su ausencia y ante mi propia soledad empecé a pensar, a comprender y a recordar todo lo que no había pensado, comprendido y recordado nunca.
Pensé en los muchos aspectos de su vida de los que nunca había alardeado o, en su caso, quejado. En la entereza que siempre había demostrado. En la paciencia que había tenido con su marido. En la violencia verbal y psicológica a la que había estado sometida durante su matrimonio. En la soledad en la que había vivido sin saber a quién acudir. En las veces que había hecho de pantalla entre la violencia de mi padre y el miedo de sus hijos. En la pérdida obligada de su personalidad alegre e innata. En su orfandad total a los 15 años como consecuencia de la guerra. En su lucha por la supervivencia. En su fortaleza.
Comprendí entonces las razones por las que no había sabido ser más tolerante, más comprensiva o más cariñosa: salvo en su infancia y preadolescencia, no había encontrado demasiados motivos para ser feliz, al menos ese tipo de felicidad que todos imaginamos cuando somos jóvenes que llegaremos a alcanzar en algún momento. Ahora la realidad la palpamos casi desde el mismo momento que alcanzamos el uso de razón, pero en aquellos años la sociedad estaba instalada en el limbo, las costumbres eran castrantes y las mujeres meros instrumentos para la procreación. Mi madre, como tantas otras madres de la época, fue un producto de su tiempo, incapaz de desincrustar de su cuerpo y de su mente tanta roña. Su marido, mi padre, no fue precisamente el revulsivo que ella hubiese necesitado para cambiar su mentalidad sino todo lo contrario. Él estaba cabreado con el mundo y consigo mismo y ella, con la "inestimable" ayuda de su fe, creyó que su destino era meterse en el ojo del huracán y compartir con resignación la devastación. A pesar de todo, sobrevivió bajo las ruinas y cuando recobró su libertad de pensamiento y de obra, tuvo el valor de luchar denodadamente por recomponer su casa y cobijarnos de nuevo a todos. Y nos ha dado todo el amor que antes no supo dejar aflorar pero que ahora estoy convencida de que nunca le faltó.
Con los años, muchos tuvieron que pasar, he conseguido recordar momentos en los que, enmedio del espanto, ese amor se manifestó: los cuentos que me contaba (maravillosamente) por las tardes mientras me acariciaba la cabeza, que yo reposaba en su regazo; sus abrazos cuando, convaleciente yo de una enfermedad infantil, dormía con ella en la misma cama en ausencia de mi padre; las carreras y las risas por el pasillo de casa huyendo de sus manos en ademán de hacerme cosquillas; los vestidos que primorosamente me confeccionaba aunque siempre me quejaba de ser un poco ñoños; sus caricias, tsiempre en la cabeza, cuando me echaba en la cama llorando después de tener una bronca con mi padre; los tebeos y libros que me compraba cuando con doce años sufrí una hepatitis y me obligaron a permanecer en cama durante meses; las propinas a escondidas; algunos secretos que supo guardarme, aun sin estar de acuerdo, para que no me castigara mi padre... Los años, que supuestamente promueven el olvido, a mí me han ayudado a recordar y, quizá también, a ser justa con ella.
Los últimos quince años nos han hecho cómplices, amigas, compañeras de paseos, de risas e, incluso, de alguna que otra copita de más. He descubierto a una mujer interesante, cautivadora, vital, sensible, divertida, generosa, necesitada de mucho cariño y capaz de darlo sin pedir nada a cambio. Ha sabido hacerse flexible, aunque sin perder la tozudez de todo buen maño y, aún hoy, me dedica las mejores caricias de cabeza porque sabe que con ellas me relajo y llego a perder hasta la consciencia. Y yo me dejo hacer porque sentir su piel pegada a la mía me devuelve a la niñez, a esa que siempre quise tener, y consigue reconciliarme con la vida.
Mi madre se ha reinventado y me ha ayudado a reinventarme, o quizá podría decir, mejor, que ha conseguido que seamos el verdadero invento que somos. Ahora, cuando la abrazo, se hace miniatura y siento la necesidad de protegerla, de llevarla en la palma de mi mano y pasearla por todos los mundos posibles. Pensar en su pérdida, inevitablemente cercana, me aterra, y sé que debo ir preparándome para pasar ese luto.
Yo no sé si es la madre más buena del mundo, pero me gustaría que todas las madres del mundo fuesen tan buenas como ella.
Mi madre es poesía.
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Isabel Huete
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Etiquetas: familia, mi mami, padre, paz interior
22 mayo 2008
Dios, qué mal me expreso
Pues sí, debo expresarme fatal cuando alguno/a de los amigos/as que me visitaron ayer no comprendieron el sentido irónico que quise dar a eso de que "Dios me está castigando...". Aclaro: soy agnóstica y como tal, ni niego ni afirmo la existencia de Dios; puede que exista y puede que no, aunque tampoco me preocupa demasiado. En todo caso me resulta imposible creer en el Dios que ese invento que crearon unos listillos, llamado Santa Madre Iglesia, nos ha enseñado; de tan contradictorio es inverosímil. Yo tengo mi propia teoría (nada original, por otro lado), sobre ese Dios que, en caso de existir, sólo podría concebirlo como una forma de energía que todos los seres, humanos o no, compartimos, y de la que nos alimentamos y aprovechamos con mayor o menor fortuna. También creo que en la misma medida que la utilizamos, nos desprendemos de ella. Sería una energía universal y ordenada, autoregulada, inagotable y diversa, con polo positivo y negativo (otra vez el yin-yang), y dependiendo del uso que hagamos de ella sus efectos serán beneficiosos o perjudiciales para uno mismo y para los demás. Y en caso de que Dios no exista, pues más o menos lo mismo, porque creo que la vida es pura energía y que todos la compartimos utilizándola según nuestro saber y entender, es decir, regimos nuestra existencia; nuestros actos, desde el momento que tomamos conciencia del yo, dirigen nuestro destino, y éste depende del grado de razón y/o de pasión que pongamos al realizarlos. Creo que la razón es una enorme víbora, silenciosa y traidora, dispuesta a clavarnos sus colmillos al más mínimo descuido; mientras que la pasión es como un águila real, acechante y ágil, siempre dispuesta para lanzarse en picado en busca de su presa.
De mí digo muchas veces que practico el juego de la esquizofrenia conmigo misma: Isabel es mi personaje pasional y Huete es el racional, y entre ellos algunas veces se entablan conversaciones la mar de interesantes; en otras ocasiones son verdaderas luchas a muerte. Y yo enmedio... No hay dos sin tres, dicen.
En fin, que aunque la psiquiatra me diga que estoy deprimida, yo no me lo acabo de creer. Cierto es que en algunos momentos, y ante determinadas cuestiones (algunas, por no ser mías aunque me afecten, no me considero libre para contarlas), me llego a sentir como encerrada en un enorme barril al que no puedo levantar la tapa porque me fallan las fuerzas, pero aún sintiendo la opresión sobre mi ánimo, la realidad es que nunca pierdo el espíritu de lucha. No sé reafirmarme de otra manera que no sea manteniendo las espadas en alto. Esa expresión de "estoy bregada en mil batallas" creo que la crearon para mí; mi vida ha sido una lucha constante y es normal que de vez en cuando me sienta desfallecer. De ser de otra manera me consideraría una extraterrestre, u otra "cosa rara".
Ayer un amigo me decía: "Si tú vives muy bien, no? Qué te falta a ti? No te quejes". Me alucinó que después de tantos años de amistad aún no hubiese descubierto que mi fortaleza es consecuencia de mi debilidad, que yo, por encima de cualquier otra cosa, necesito paz. Sin paz la vida se desgasta con mucha más rapidez. ¿Se puede ser feliz sin encontrar la paz? Yo no sé qué es la paz, ésa que brota de dentro, ¿alguien me lo puede decir?
Jo, tanto filosofar me ha dejado exhausta...
Lucha y poesía.
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Isabel Huete
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Etiquetas: depresión, Dios, Iglesia, lucha, pasión, paz interior, razón
19 octubre 2007
Hacerlo bien; decirlo, también
Tengo estos últimos días muy pillados y por eso no puedo dedicarme al blog lo que quisiera, pero hoy voy a sacar unos minutillos para hablar del trabajo bien hecho, de esa forma de trabajar que tanto nos cuesta reconocer y agradecer mientras que nos sobran palabras para poner a parir a quienes nos fastidian haciendo mal su trabajo. No sé si es parte de la educación y/o de la idiosincrasia del personal que conformamos este país, pero o bien damos por hecho que a nadie que haga bien su trabajo hay que agradecérselo y alabárselo porque es su obligación (era la teoría de mi padre respecto al comportamiento de sus hijos, así nos fue...), o bien se dispara en nosotros un ruin mecanismo de envidia que nos lleva a pensar que quizá ese o esa que hace las cosas bien no es más que un arribista, un pelota o un prepotente. Y eso si es que no menospreciamos su trabajo por temor a que nos quite el puesto cuando de un compañero se trata.
Y hoy me ha dado por aquí porque esta mañana he ido a que me "chuparan" la sangre para ver cómo andan mis hormonas tiroideas, que las tengo bastante bajitas desde hace un tiempo. La enfermera que me ha pinchado (odio los pinchazos de cualquier tipo) lo ha hecho de lujo. Y encima era estupenda y amable. Cuando ha terminado la he felicitado por lo bien que lo había hecho y le he dado las gracias. Se ha sorprendido y después me ha agradecido el comentario a la vez que una amplia sonrisa le iluminaba toda la cara. No te sorprendas, le he dicho, cuando alguien hace algo bien también hay que decirlo. Sí, sí, claro, me respondió, pero es que no estoy acostumbrada a que me lo digan...
Es curioso que todos, o casi todos, manifestemos a menudo la queja de la falta de reconocimiento de los demás hacia lo que hacemos, sin mirarnos en el espejo y preguntarnos por qué tantas veces tenemos ese mismo comportamiento, del que tan fácilmente nos quejamos, hacia el trabajo de los otros. No me excluyo, que conste, pero sí he de decir que cada día pongo más empeño en no negar lo bueno que tienen o hacen otras personas, en hacerlas más visibles ante mis ojos y ante los de otros.
Una vez le dije a uno de los jefes de entre los muchos que he tenido, cuando empecé a trabajar con él (él me reclamó para su área porque consideró que era una persona competente), que por favor no se cortara en señalarme las cosas que hiciera mal, pero que también lo hiciera cuando las hiciese bien. Aunque pocas veces me señaló algún error o defecto en mi trabajo, nunca me reconoció lo bueno, aunque yo supiera que estaba más que contento conmigo por otros detalles que quizá a una persona menos observadora que yo le hubiesen pasado desapercibidos. Y a menudo presentó ante otros, como propios, informes que yo había elaborado, sin citarme en ningún caso. Nunca lo interpreté como una mala jugada (estoy convencida que no lo era), sino como una falta de confianza en sí mismo, como una necesidad (igual que la mía) de ser reconocido, y eso que tenía una inteligencia privilegiada. Como le tenía aprecio nunca se lo recriminé porque, entre otras cosas, el hecho de que se apropiara de algunos de mis trabajos significaba que los valoraba y, en consecuencia, aquellos ante quienes los exponía. Que mi nombre saliera a relucir no me importaba tanto como el reconocimiento tácito de mi trabajo. Aunque no me arrepiento, creo que mi falta de vanidad, y quizá también de ambición, me ha llevado en muchas ocasiones a pasar desapercibida, a no ser valorada en la forma y en el fondo con toda su justeza. Sigo siendo un poco así, pero no estoy segura de que sea lo mejor, aunque la experiencia te va enseñando a sacar un poquillo más los dientes.
Sin embargo, lo que sí tengo cada día más claro es que hay que poner a funcionar la generosidad y colocarse en el lugar de los otros, y aquello que reclamamos para nosotros debemos reconocérselo a los demás. Porque es de justicia, porque se lo merecen, porque se lo curran, porque lo necesitan, porque hasta que no lo haces no sabes hasta qué punto uno siente que también ha hecho las cosas bien, y llega la paz interior.
Reconocimiento y poesía.
Publicado por
Isabel Huete
en
12:24
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Etiquetas: paz interior, reconocimiento, trabajo
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