Y viene esto a cuento porque si entonces me hizo pensar en el azar de la vida, en mi suerte de no haber caído fulminada de un "burrazo" por pocos centímetros (ya ni siquiera las tejas o las macetas son el peligro), ahora me sirve para pensar que sobre nuestras cabezas siempre hay muchos "burritos lindos" volando. Yo ya he notado el roce de alguno de ellos muy cerca pero he conseguido espantarlos, o engañarlos, o jugar con ellos a Piolín y Silvestre y hacerles mil perrerías. Alguno que otro logra alcanzarte y dejarte la huella del casco en las posaderas, pero no hay que tenerles miedo sino convivir con ellos porque nunca van a dejar de estar ahí. Algunos de estos burritos puedo asegurar que son requetelindos y te invitan a dar un paseíto sobre su lomo, y hasta se dejan acariciar como Platero, esa especie de peluche suave y delicado que tan bien describió J.R. Jiménez y que, confieso, siempre me dio cierto repelús de tan cursilón.
No podría imaginarme dejar de salir a la calle por temor a un "burrito malo" o hacerlo con una chichonera puesta sobre mi cocorota. El miedo muchas veces es a lo desconocido y otras muchas al dolor. Temer lo desconocido es como poner el carro antes de los bueyes, pues si es a algo que no se conoce ¿qué sentido tiene tenerle miedo? Y temer el dolor es prácticamente lo mismo: o se tiene o no se tiene; si no se tiene no hay ni que pensar en él y cuando ya se ha instalado no hay otra que asumirlo y poner muchas velitas para intentar que desaparezca o, según el caso, ponerse en vena una dosis de 1 gr. de Paracetamol. El "que viene el lobo, que viene el lobo" sólo sirve para que al final éste aparezca (sobre todo si se está en una zona de montaña o boscosa) y te coma los higadillos.
Y todo esto lo digo porque quiero que sepáis que no tengo miedo a mi particular "burrito lindo", que lo único que en estos momentos me desespera es la incertidumbre. Y cuento por qué (menos mal que no quería convertir esto en una crónica de mi enfermedad): en mi escáner dice que tengo ganglios linfáticos en el cuello (alguno de hasta 1,8 cm) y una protuberancia de tejido linfático en la amígdala izquierda. El hematólogo decide que como no me nota al tacto los ganglios que no me va a hacer nada hasta que los palpe y me manda otro escáner para febrero, pero me manda antes al otorrino para que me haga una exploración y decida si hay que hacerme una biopsia. El otorrino, al que fui el lunes (por cierto, con un susto horrible porque en el recibidor de su consulta tenía colgado un cuadro del mismísimo Caudillo con escopeta y perro de caza a sus pies... ¡Eso sí que es como que te caiga un "burrazo" y te dé de pleno! Horrorizada sigo), tampoco me consiguió palpar los ganglios y después de meterme tres veces, para asegurarse, un tubito por la nariz que parecía una sanguijuela con la cabeza iluminada y al que notaba paseándose por mi carganta a sus anchas, aseguró que en la amígdala no tengo protuberancia alguna, que está limpita y sonrosada como el culo de un bebé. ¡Eso es esperanzador!, me dicen todas/os. Y claro, yo no puedo negar que cuando me lo dijo sentí campanillas en el estómago, pero ¡joder, que me digan quién se equivoca! Si el burrito de las narices vuela jugando al despiste y no puedes distinguir si es Platero o es Silvestre disfrazado de borrico, pues acabas siendo presa de la incertidumbre, que es peor que cualquier enfermedad porque no sabes a qué atenerte. Así que el día 30 vuelvo al hematólogo con el informe del otorrino para ver si decide someterme a otro medio diagnóstico (espero) que aclare algo el asunto. Total, la ansiedad a tuti plen trepando por mis canillas.
No tengo miedo a la enfermedad porque la conozco, ni tampoco a sus consecuencias, las conozca o no, es más, creo que el escáner es correcto y que ha resurgido y está ahí porque es lo suyo, pero con esta nueva situación ya no tengo la certeza al 100x100; lo que tengo es rabia y angustia de no saber si el burro volador me ha caído sobre la cabeza o se ha estrellado contra la acera y me lo puedo traer a mi casa a que se junte con el que ya tengo y se hagan amigüitos del alma como Camps y El Bigotes. Menos aún me siento con fuerzas para esperar a febrero a que me hagan otro escáner para saber si sí o si no aunque esa espera no vaya a empeorar nada porque este es un cáncer de crecimiento muy lento; tan lento que la vez anterior tardaron año y medio en meterme mano. Y así estamos, dejando que la vida transcurra pisándome de vez en cuando el callo que más duele. ¡Ah, bandida!
Hablando de otra cosa: viendo la cantidad de comentarios y el cariño y la ternura que habéis puesto todas/os en ellos, la transmisión de vuestros ánimos y fuerza y la enorme compañía que me estáis haciendo, pensaba yo que menos mal que esta casa mía en la que habéis entrado y dejado vuestras palabras es virtual porque no sé qué hubiese hecho si os hubiera tenido que acoplar en mi pequeño apartamento de la vida real. Jajaja. No sabéis la emoción que me estáis haciendo sentir, lo que agradezco vuestra compañía, lo que valoro vuestra amistad. No puedo abrazaros y besaros como quisiera, pero todas/os tenéis ya vuestra habitación en mi corazón y todo mi cariño. ¿Qué es una mísero "picotazo" al lado de todo esto? Yo os lo digo: caca de la vaca. Aunque este nuestro mundo nos parezca un caos y un despropósito, estoy convencida que lo mejor de él son las personas cuando tienen una calidad humana como la vuestra.
Millones de cariños, corazonas y corazones, y no os preocupéis porque esta que escribe tiene mucha caña que dar.
Burrito lindo y poesía.


