Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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02 febrero 2011

Se puede alcanzar el equilibrio




¿Soy feliz? Pues no lo sé, quizá sí si la felicidad consiste en encontrar el equilibrio interior. No necesito nada más de lo que tengo ni me dejo erosionar por nada de lo que me acontece. Sigo mirando de frente las cosas y me asumo plenamente. No recuerdo los fracasos y he perdido los miedos. En definitiva: duermo como un tronco. 

Creo que cuando una persona ha tenido una vida muy intensa durante muchos años y ha experimentado las cosas con tanta pasión, adquiere un bagaje que, de alguna manera, le permite desprenderse de las cargas con más facilidad. Te vuelves más ligera, a veces casi volátil, y lo miras todos con un distanciamiento sereno, dulce.

Serenidad y poesía.


06 enero 2010

Creación del Club de las Personas Positivas






Pues esto se acabó, se marcharon los reyes y esta noche las luces de todas las ciudades se apagarán hasta que finalice este nuevo año 2010. Yo debería hacer lo mismo con los adornos de mi casa pero sé que tanto por nostalgia como por pereza seguiré disfrutando de ellos hasta final de mes... Si tuviera espacio mantendría el árbol y el belén durante todo el año, ¿por qué no si me gustan? En mi familia ha sido tradición poner el nacimiento, después vino el árbol, y con los años me dieron el título de "ponedora de Belenes" porque lo hago con mucho detalle y mimo; soy manitas y me encantan las miniaturas, así que intento reproducir con la máxima fidelidad el ambiente del momento que representa. Cada año compro pequeños detalles nuevos en el mercadillo navideño de la Pl. Mayor y poco a poco la familia belenística va aumentando, lo que implica cada vez más espacio y complejidad pero yo disfruto con ello y pienso que, en definitiva, es lo único que importa.


He pasado unas fiestas bastante simpáticas en las que he reído mucho y creo haber reído bien, lo que no deja de ser un lujo. Noche Buena y Navidad con mis hermanas y algunos sobrinos en Murcia, Fin de Año en Madrid, en casita, con personas que quiero, y Reyes en el pueblo disfrutando de la tranquilidad y del silencio, con roscón incluido. He comido y bebido sin exceso; he dado y recibido besos y abrazos a/de gente de bien, de esa de la que no puedes prescindir; he repartido los regalos de la manera que más equitativa me ha parecido; he jugado a la lotería y sólo me ha tocado el reintegro de la del Niño pero no me quejo; no he hecho propósito ninguno para el nuevo año porque casi nunca los cumplo salvo, quizá, el proponerme serenidad de cara a mi salud cuando en febrero me vuelvan a hacer pruebas. Nada va a cambiar especialmente mi vida en estos próximos 12 meses excepto los tres libros que tengo pendientes de editar y que ya empiezo a preparar, alguno con un retraso considerable (¿me perdonarás querida amiga que no viniste a Madrid aquel sábado de diciembre?). 


Mis deseos son mantener mi amor a la vida, el sentido del humor, disfrutar de lo bello, ser mejor persona en la medida de lo posible, conservar y mimar a mis amigas y amigos, seguir viendo el mundo con los colores del arco iris aún en los momentos en los que parezca que sus pilares se derrumban y contribuir a sostenerlos con mi pequeño granito de arena. Y lo que deseo para mí se lo deseo a todas/os los que quieran unirse al Club de las Personas Positivas, a esas personas cuyo corazón es capaz de latir ante las pequeñas cosas y en su mirada no tienen cabida las tormentas destructoras.




Fuerza y poesía.

24 diciembre 2009

Paz y los más bellos sueños



Más vale llegar tarde que no llegar nunca. Y yo no podía ponerme ciega esta noche sin desearos antes que disfrutéis de los vuestros incluso para los que resulte un trámite. Muchas/os sabéis lo que me gusta la Navidad, las luces, los belenes (sobre todo montar el mío, como buena amante de las miniaturas), los villancicos... Con lo sentimental que soy no podría ser de otra manera, aunque lo hago sin nostalgia, sin tristeza, sin retroceder en el tiempo añorando mi niñez. Cada año en estas fechas me gusta volverme niña o, quizá, seguir siéndolo pero aún más. Es probable que para entender estos días haya que preguntarse en qué momento dejamos de sentir ilusión, qué borrasca fue tan turbulenta como para borrar de la tierra nuestros sueños, qué hoyo encontramos en nuestro camino que nos hizo caer para no volver a levantarnos, para descreer de todo lo que nos hizo felices como si no hubiese posibilidad de recuperar esa felicidad. Hay que perder el miedo al sentimiento y dejarnos llevar por él como el niño que arrastra al padre o a la madre para enseñarle el juguete más deseado y arrancar de ellos una sonrisa tan amplia como la suya.

Por todo eso y porque os quiero os dedico esta felicitación que he elaborado con una fotografía que saqué de este muñeco de nieve en una callecita apenas transitada de Madrid. Es el muñeco más completo que he visto en mi vida y me hizo una ilusión tremenda encontrármelo de sopetón. De inmediato pensé que sería el protagonista de esta tarjeta dedicada a vosotras/os.

Que el niño/a que lleváis dentro se despierte con fuerza y os haga felices.

Navidad y poesía.

(PD: Aunque lleve varios días sin comentaros a la mayoría no es porque no os haya leído pero no he tenido tiempo de "dejar asomar mi patita por debajo de vuestra puerta" :) Por un error borré dos comentarios de mi entrada anterior, así que nadie se sienta discriminada por ello porque aquí nadie sobra, al contrario). Besitos navideños.


28 septiembre 2007

Entrañablemente viva

Entre mis amigos/as, los que me escriben o llaman para opinar sobre mi blog pero que no se atreven, o les cuesta, mostrar su opinión escribiendo en él, el comentario más habitual es que les parece entrañable lo que escribo, y yo les contesto lo mismo a todos: que es eso, precisamente, lo que pretendo transmitir, no sólo porque yo soy, o me gusta ser así, sino también porque es lo que me gusta a mí encontrar ("lo entrañable") en los blogs personales de los demás, siempre que no tenga la impresión de que se hace con impostura, que es un guión estudiado, sino el reflejo de una realidad vital con un elevado grado de autenticidad. Al fin y al cabo, eso es en realidad un blog: un cuaderno de bitácora, un lugar, un diario, en el que se escribe lo que pasa y cómo nos pasa, al menos los que pretenden reflejar lo que pasa por la cabeza de uno mismo desde la opinión o el sentimiento. Así lo concibo yo.

Pero también mis amigos/as saben que una cosa es sacar la parte entrañable que una posee y que les gusta "saborear" leyéndome, y otra muy distinta que sea mi estado permanente de humor. De hecho, ante determinados acontecimientos sobre los que he opinado en alguna entrada, no he podido disimular la mala baba que a veces me chorrea entre las neuronas. Porque soy impulsiva, crítica y autocrítica (desmedida a veces), beligerante con la injusticia y la prepotencia, con la mala educación, con la falta de respeto, con la mentira masiva, con el egoísmo congénito, con quienes hacen de la simulación una forma de vida, y con muchas cosas más... Cuando algo me solivianta soy dura, quizá inflexible (mala cosa, esa), la sangre se me coagula y el corazón se vuelve roca. No, creo que no soy una perita en dulce...

Yo también he mostrado a veces esas actitudes con las que me muestro beligerante, no soy ajena a ellas, también tengo mi lado oscuro, pero he aprendido a sumirlo y a perdonármelo, y también a pedir perdón cuando he ofendido a otros. La verdad es que me siento mucho mejor después de hacerlo. Ya no me parece una humillación reconocer los errores. Quizá ese aprendizaje no se habría producido si no hubiese sufrido un cáncer ante el que pensé que la muerte podría estar más cerca de lo imaginable y, por supuesto, de lo deseable. Lo que más me sorprendió, y me sigue sorprendiendo de mí misma, es la falta de respeto que le tuve y le tengo (teóricamente es de los incurables) a esta enfermedad. Desde el primer momento me dije que no iba a poder conmigo, que le tengo demasiado amor a la vida como para que algo así me juegue la mala pasada de hacer que la pierda. Al fin y al cabo, los virus forman parte de la vida y de la misma manera que la puedo perder yo, también ellos son mortales... Y de momento les he ganado la batalla, después de cuatro años siguen "mataos y bien mataos". Y si he de ser sincera, ni me acuerdo de ellos. Es cuestión de economía vital: sería una pérdida de tiempo y esfuerzo.

He aprendido (dicen que a todos los que padecemos esta enfermedad nos pasa) a vivir de otra manera, a contemplar lo que me rodea como algo digno de disfrutar sin remilgos y a intentar que los que comparten conmigo la vida sean más felices (familia, amigos, compañeros, etc.). Ya no soy como era antes, mucho más derrotista, y he comprobado que cuando pierdes el miedo a la muerte, la existencia se vuelve mucho más luminosa, parece que todo cambie y tenga otro sentido, más positivo. Las prioridades cambian, el hoy es lo que cuenta; te abrazas a la vida cada mañana al despertar como si fuese el día más importante, el único, del que no puedes perderte nada, ni un minuto. Sentir esa intensidad me encanta, y me digo que he sido una jilipollas por no haber sabido disfrutar de igual manera todos mis años anteriores.

Amas más, a las personas y a las cosas, y es delicioso comprobar cómo cuanto más amas más recibes. Se da esa compensación sin buscarla, existe esa compensación aunque tardemos tanto tiempo en descubrirla, quizá porque nos dé miedo fracasar. Algunos no tendrán la suerte de descubrirla y disfrutarla en toda su vida. Yo la he tenido y la recomiendo.

Nunca pensé que hablaría de esta cuestión pero creo que era inevitable. No pretendo ser modelo de nada ni de nadie, ni que ninguno/a de los que me lean sienta pena o, por el contrario, lleguen a pensar que soy la leche. Pa . No sufro en absoluto porque me siento curada, porque me queda mucha leña por dar, muchas opiniones que transmitir y muchos sentimientos por dejar aflorar.

Puedo decir, y digo, que he logrado estar en paz conmigo misma y con todo lo que me rodea, y creo que eso es la felicidad o, al menos, lo que más se le parece. Me siento feliz. Viviendo en un mundo tan bello como el que muestra esa foto de China, ¿cómo no serlo?
Lujo de vida y poesía.

28 agosto 2007

Entre luces y sombras

La felicidad no es cosa fácilmente digerible; es, más bien, muy indigesta.

Miguel de Unamuno



Ya comenté al iniciar este blog mi admiración por el viejo profesor, es por eso que traigo a colación esta frase que, creo, refleja de alguna manera esa ambivalencia que se produce ante lo bueno y lo malo que nos ocurre o que nos rodea. Es la complicada coexistencia entre el lado oscuro y el luminoso de la vida.
La felicidad parece ser que existe, aunque también creo que en ningún caso completa, y quizá sea ese porcentaje de infelicidad que siempre arrastramos lo que la convierta en algo difícil de digerir porque, hagamos lo que hagamos, siempre se nos presenta con alguna tara, inmadura, a medio cocer, quizá demasiado salada o demasiado dulce, o quizá con fecha de caducidad; acaso también la deseamos y perseguimos con demasiada insistencia, sin darnos cuenta de que no es algo que debamos alcanzar sino que hay que desarrollar; que no es un elemento ajeno a nosotros sino que nace, crece, se reproduce y muere en nosotros.
Y para comprender eso deberíamos someternos a nosotros mismos a un tercer grado, con el foco de la humildad escrutando nuestro yo, admitiendo las evidencias, buenas y malas, no como una derrota sino como un destello de sabiduría, como un acto de valentía. Yo no sé si Unamuno, cuando escribió, o dijo, esa frase, se basaba en esta idea de felicidad o en otra, pero para mí tiene ese sentido: mirarse en el espejo y reconocerse con todos los detalles resulta muy indigesto, pero no creo que haya otro camino para empezar a ser feliz. Al menos hay que intentarlo. No importa qué hagamos con nuestro rostro, con nuestro pelo o con nuestra vestimenta si sabemos quién se esconde tras ellos y dejamos que los demás también lo sepan.
Hasta hace bastante poco tiempo, siempre había pensado que mostrarse nos hace demasiado vulnerables, pero ahora creo que es así efectivamente si uno no acaba de aceptar lo que ve bajo su propia piel. Curiosamente, nuestra ceguera la convertimos en visión inmejorable en los demás y nos invade el miedo a que descubran aquello que a nuestros propios ojos ocultamos; su mirada la hacemos nuestra, su aprobación nos enaltece y su desaprobación nos humilla, procuramos mostramos como creemos que el ojo ajeno quiere vernos porque en el fondo pensamos que los demás son siempre mejores que nosotros... Y sin embargo, creo, pienso, me atrevo a afirmar si me coloco en el lado de los otros, que lo que más deseamos es que ése/ésa que tenemos delante, ése/esa que se oculta y no es quien es, se quite la máscara y llore y ría sin miedo, porque la verdad es sinónimo de belleza, y a la belleza todos deseamos abrazarla, y compartirla.
El aprendizaje es largo y costoso, y no oculto que yo no he perdido todavía el miedo a la imagen que el objetivo de los demás pueda capturar de mí, pero cada día, al levantarme y mirarme en el espejo, me digo que lo que viví ayer y los esfuerzos que hice para perder el miedo me han hecho un pelín más sabia, ¡y qué coño, que no seré perfecta pero ya quisieran muchas -y muchos- ser, sentir, y estar como yo!
Y he elegido esta foto que hice en la costa norte de Tenerife porque esa planta es misteriosa y bella como el universo humano, porque el contraste de su negra silueta con el fondo del mar y del cielo, fundidos en un sólo azul, es como una metáfora del ser y no ser, de vivir en color o hacerlo en blanco y negro, de la risa y el llanto, del amor y el desamor, de la visión y de la ceguera... En definitiva, de la vida.
Luz y poesía.

FOTOLIA