Nos juntamos un montón de gente, alguna desconocida y otra muy cercana. Lo importante es que disfrutamos, comimos, bebimos y, sobre todo, reímos.
Y se acabó el día con la sensación de haber hecho muchas cosas cuando en realidad no había hecho nada especial, salvo estar con los amigos. ¿Se puede pedir más acaso? Creo que no.
Y hoy, de vuelta hacia Madrid cuando el sol empezaba a ponerse, he creído estar soñando. Es el efecto de la belleza sobre la mente enriquecida por el descanso: los campos castellanos cambiando de color según la dirección que seguían las curvas de la carretera; a la derecha más tonalidades verdes y a la izquierda más amarillas, y los rayos del sol dirigiendo la orquesta de los tonos. También los árboles han jugado a la música del color poniéndose de verde intenso según giraban las sombras o adquiriendo un tono plateado al sucumbir a la luz, y la brisa meciéndolos suavemente. Adornando los arcenes las amapolas y las margaritas amarillas y blancas junto a otras flores color malva que nunca he sabido cómo se llaman. Por un sendero, ya cerca de Getafe, un rebaño de ovejas con su pastor, sin faltar el perro. Las pequeñas casitas de labranza recogidas bajo la sombra de esos enormes árboles que las protegen y una música sonando en mis oídos: Una furtiva lágrima, de Donizzeti. Pavarotti en las entrañas porque me he acordado de mi madre y de lo mucho que hubiese disfrutado contemplando tanta belleza.
Atardecer y poesía.


