Bitácora de Isabel Huete
SOLIDARIDAD CON HAITÍ
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
06 marzo 2010
Amor / dolor
Aparte de la maravillosa voz de esa gran dama de la canción que es Pasión Vega, esta composición me pone el corazón tiernito tiernito cada vez que la escucho, y la escucho con frecuencia.
Decimos que la vida no puede darse sin la muerte, que la muerte forma parte de la vida, y añado que, además, es su verdugo. Una relación ésa posesiva y traumática, e inevitable.
También el dolor forma parte del amor aunque, a diferencia de la anterior relación, no siempre aquél destruye a éste; puede persistir el amor a pesar del dolor. ¿Será que lo vence? No lo creo. Son capaces ambos de mantenerse juntos, inseparables, alimentándose mutuamente mientras ni el uno ni el otro quieran olvidar. La voluntad, siempre cotilleando detrás de la puerta, es la que decide para bien o para mal. No tenemos excusa: es evitable.
Vale la pena amar, aunque duela.
Amor, dolor y poesía
Publicado por
Isabel Huete
en
21:24
14
comentarios
Etiquetas: amor, dolor, Pasión Vega
03 marzo 2009
El fondo de los cajones esconden sorpresas
En la tarea de ordenar todos mis papeles y tirar muchas cosas inútiles ahora que he convertido mi casa en una cajita de bombones (bueno, es un decir), me reencontré con una micro-historia de amor a través de la única correspondencia que tuve con el interfecto, hombre casado pero aburrido de estarlo y de trayectoria personal muy reconocida en los ambientes políticos y culturales de la época (hace 20 años más o menos). Yo ya lo había olvidado pero no hay como guardar recuerdos para que estos vuelvan al presente como fantasmas simpáticos con cadenas de cristal.
Transcribo la carta que me envió, antes del viaje a China que iba a iniciar, y la que yo le contesté porque ambas me parece algo curiosas.
"Te veré en China. A la puesta del sol me encontrarás esperándote, vestido de gris y oro, en el primer ángulo izquierdo de la gran muralla.
No te retrases demasiado. Tengo entendido que el sol se pone rápido y mi discurso dura varias horas.
Madrid, Maribel, es un lugar para desconocidos. En Pekin los niños no lloran. Todo es muy íntimo. No te dejes llevar por la multitud.
Piensa cosas despacio. Humedece tus labios con la lengua y desemboca suavemente hacia la inteligencia. Hacia mí.
A."
:::::::
"Me fue difícil encontrarte. Cuando tú llegaste llevaba yo esperándote varias horas. Vi cómo te acercabas por el camino con paso seguro pero lento. Vestido con los colores de la lluvia y el sol.
Resultaba yo tan insignificante al lado de la gran muralla que apenas notaste mi presencia. Agité mi mano y sonreíste.
Cuando empezó tu discurso tomé asiento a tu lado, cerré los ojos y me dispuse a escuchar. Tu voz llegaba hasta lo más hondo de mis pensamientos, taladrándolos uno a uno.
Han pasado los días y las noches y tus palabras vuelven una y otra vez a mi sin yo ir a buscarlas. He comprendido que debo acostumbrarme a convivir con ellas porque son mi única compañía en las horas de soledad.
El camino hacia la inteligencia, que no es lo mismo que hacia ti, es largo. Con el tuyo no reparo en la distancia ni en el tiempo porque sé que me esperas y cualquier noche, bajo las estrellas, nuestra comunión será perfecta. Creo.
M."
Fue un micro-amor porque acabé aburriéndome de tanta vanidad y decidí que lo aguantara su santa que, por cierto, era una bellísima persona. En todo caso, aunque no me hubiese aburrido, nunca se me ocurrió pensar que fuera a durar demasiado. Los hombres casados tienen eso, que o asumes que eres la amante o vas de culo. Y los/as amantes, por lo general, tienen poco recorrido pero mucha más libertad para salir por piernas.
Sorpresas y poesía.
Transcribo la carta que me envió, antes del viaje a China que iba a iniciar, y la que yo le contesté porque ambas me parece algo curiosas.
"Te veré en China. A la puesta del sol me encontrarás esperándote, vestido de gris y oro, en el primer ángulo izquierdo de la gran muralla.
No te retrases demasiado. Tengo entendido que el sol se pone rápido y mi discurso dura varias horas.
Madrid, Maribel, es un lugar para desconocidos. En Pekin los niños no lloran. Todo es muy íntimo. No te dejes llevar por la multitud.
Piensa cosas despacio. Humedece tus labios con la lengua y desemboca suavemente hacia la inteligencia. Hacia mí.
A."
:::::::
"Me fue difícil encontrarte. Cuando tú llegaste llevaba yo esperándote varias horas. Vi cómo te acercabas por el camino con paso seguro pero lento. Vestido con los colores de la lluvia y el sol.
Resultaba yo tan insignificante al lado de la gran muralla que apenas notaste mi presencia. Agité mi mano y sonreíste.
Cuando empezó tu discurso tomé asiento a tu lado, cerré los ojos y me dispuse a escuchar. Tu voz llegaba hasta lo más hondo de mis pensamientos, taladrándolos uno a uno.
Han pasado los días y las noches y tus palabras vuelven una y otra vez a mi sin yo ir a buscarlas. He comprendido que debo acostumbrarme a convivir con ellas porque son mi única compañía en las horas de soledad.
El camino hacia la inteligencia, que no es lo mismo que hacia ti, es largo. Con el tuyo no reparo en la distancia ni en el tiempo porque sé que me esperas y cualquier noche, bajo las estrellas, nuestra comunión será perfecta. Creo.
M."
Fue un micro-amor porque acabé aburriéndome de tanta vanidad y decidí que lo aguantara su santa que, por cierto, era una bellísima persona. En todo caso, aunque no me hubiese aburrido, nunca se me ocurrió pensar que fuera a durar demasiado. Los hombres casados tienen eso, que o asumes que eres la amante o vas de culo. Y los/as amantes, por lo general, tienen poco recorrido pero mucha más libertad para salir por piernas.
Sorpresas y poesía.
Publicado por
Isabel Huete
en
21:10
13
comentarios
Etiquetas: amantes, amor, correspondencia
18 abril 2008
¿Es el afecto cariño? ¿Es el cariño amor?
Pilar ayer me decía en su comentario que yo era muy cariñosa y tengo que darle la razón porque no sólo soy cariñosa sino también terriblemente mimosa, pero no siempre he sido así, o mejor dicho, no siempre supe mostrarlo.
Creo que la infancia es un periodo clave para aprender a reconocer el cariño, el afecto y el amor, suponiendo que fuesen cosas distintas, tanto para recibirlo como para darlo. El aprendizaje debiera darse, en primerísima instancia, dentro del núcleo familiar. Las caricias, las palabras, los besos, la atención, los cuidados, la compañía, debieran ser las primeras manifestaciones hacia nosotros que percibiéramos para hacernos sentir seguros, protegidos y reconocidos. Si eso fuese siempre así creo que nos costaría mucho menos expresar luego esos mismos afectos, devolverlos con creces, sin miedos. Primero a los miembros de nuestra familia y luego a quienes se crucen en nuestro trayecto vital. Pero la sociedad y los distintos ámbitos que la componen no son ni mucho menos perfectos, y podemos caer de uno u otro lado sin que podamos hacer nada para evitarlo, salvo en la edad adulta y, aún ese caso, dependiendo de las heridas de guerra que lleves en el cuerpo y lo que te duelan o dejen de doler.
Desgraciadamente, nuestros padres suelen ser el reflejo de su propia vida familiar anterior a nuestra existencia y su comportamiento depende, o está condicionado, por factores y vivencias que para nosotros no siempre son fáciles de analizar y comprender. Si nos sentimos queridos, o amados, no solemos cuestionarnos nada, pero si no nos sentimos así las preguntas se nos agolpan como abejas en un panal y las respuestas no alcanzamos a encontrarlas en ningún lado. Incluso tenemos miedo a preguntar. Un niño, o niña, que no se sienta querido por sus padres tenderá a creer, sin mediar un análisis racional porque no tiene edad para hacerlo, que la culpa está en él, que será que algo malo ha hecho o algún poder oscuro lo tiene prisionero. Hasta que no llegas a una determinada edad en la que ya se haya desarrollado tu capacidad de análisis, y aún así muchas veces no lo consigues, no comprendes que el origen de la contención afectiva de tus padres es producto de la que ellos mismos sufrieron y de la educación que recibieron. Si pones empeño en ellos, hasta puedes llegar a comprenderlos, incluso a eximirlos de toda culpa.
Los padres, antes que padres, son seres humanos con sus carencias y sus grandezas, pero eso un niño no lo puede pensar. Lo malo es que eso que no puede pensar será un elemento clave para su desarrollo afectivo posterior. La falta de afecto, de cariño, de amor, le hará más vulnerable, más indeciso, más desconfiado, más miedoso. Y claro, luego no llega a mayor, se planta delante del espejo y se dice: "Nada, nada, este lastre me lo quito yo de un plumazo. ¡Ala, a querer y dejarse querer!" Las cosas son mucho más complicadas, sobre todo porque te cuesta reconocerte como una persona merecedora del amor de los otros. Eso es, para mí, lo más terrible, porque si no conoces lo que es sentirse amado, si no conoces los beneficios del amor, si no has sentido su dulzura, difícilmente puedes darlo tú, ni siquiera a ti mismo. Caer en el lado "malo", tocarte esa lotería a la que ni siquiera has jugado, es una de las mayores crueldades con las que tienes que bregar en la vida. Y no te consuela pensar que hay otras gentes que, además de sufrir en sus carnes el desamor, sufren otras muchas atrocidades que tú ni siquiera puedes imaginar. Cuando uno tiene el corazón herido es difícil consolarse pensando en las heridas, quizá mayores, que sufren los demás. Tu ombligo es el centro de tu existencia porque, al menos, te tienes a ti para mirártelo.
Con estos antecedentes es difícil tener una vida afectiva placentera y serena. No confías en las manifestaciones de cariño, afecto o amor de los otros. No sabes querer ni dejarte querer y no paras de preguntarte el porqué. Te vuelves exigente, manipulador, posesivo... Y acabas espantando a cualquier alma bendita que se te acerque. La búsqueda del amor se puede volver desesperada pero por todos los lados acabas encontrando pegas, nada te satisface, nunca la calma se adueña de ti, y sufres como un condenado. Te lanzas a la caza de forma instintiva, y cuando ya has seleccionado la pieza y le incas los colmillos teniéndola a tu merced, en vez de disfrutar comiéndotela, la abandonas para que otros lo hagan. Te autoengañas diciéndote que no estaba suficientemente tierna, o que no te gustaba su sabor, o su olor, cuando quien apesta eres tú.
Algo malo pasa en nuestra sociedad para que nos dé tanto pudor pronunciar la palabra amor. Es inimaginable que una persona que tenga por idioma el inglés le diga a otra "I want you" para expresarle su cariño; siempre utilizan el "I love you", independientemente de qué tipo sea éste. Los italianos dicen "Te boglio bene" (no sé si boglio es con "b" o con "v"), que distinguen del "Te amo", como nosotros el "te quiero" del "te amo". Amar es como si tuviera otra dimensión, como si exigiera un compromiso mayor que el querer, como si al verbo amar le salieran unos ganchos para atrapar y aprisionar al otro. Cariño, afecto, amor... ¿Qué más da? Son tres conceptos que significan lo mismo y difieren en lo mismo: dependiendo de la persona a la que se lo des, de la necesidad que tengas de hacerla feliz, de tus deseos de compartir las cosas con ella, de la pasión y el deseo que te inspire, será mayor o menor.
Sí Pilar, soy muy cariñosa, amorosa, afectiva, mimosa, pero he tenido que aprender a serlo y me ha costado muchos años. Yo soy de las que puede decir que he encontrado la felicidad, una felicidad razonablemente estable, cuando he aprendido a querer y ser querida; cuando he conseguido apreciar y disfrutar los distintos aromas del corazón, del propio y del ajeno. Cuando me miré un día en el espejo y me pregunté "¿Estás preparada?" Y me respondí que sí, con todas sus consecuencias. No me arrepiento, y menos aún de mostrar mis afectos, cariños y amores. He perdido el miedo y tengo la suerte de no saber ser rencorosa.
Pero a veces soy escabrosa, prepotente, insolente e insufrible. No soy una perita en dulce. También he aprendido a aceptar todo eso. No existe la perfección y, por tanto, en mí tampoco.
Amor y poesía.
Publicado por
Isabel Huete
en
11:55
10
comentarios
04 marzo 2008
Solete
Regalar amor y poesía.
Publicado por
Isabel Huete
en
14:25
5
comentarios
28 septiembre 2007
Entrañablemente viva
Entre mis amigos/as, los que me escriben o llaman para opinar sobre mi blog pero que no se atreven, o les cuesta, mostrar su opinión escribiendo en él, el comentario más habitual es que les parece entrañable lo que escribo, y yo les contesto lo mismo a todos: que es eso, precisamente, lo que pretendo transmitir, no sólo porque yo soy, o me gusta ser así, sino también porque es lo que me gusta a mí encontrar ("lo entrañable") en los blogs personales de los demás, siempre que no tenga la impresión de que se hace con impostura, que es un guión estudiado, sino el reflejo de una realidad vital con un elevado grado de autenticidad. Al fin y al cabo, eso es en realidad un blog: un cuaderno de bitácora, un lugar, un diario, en el que se escribe lo que pasa y cómo nos pasa, al menos los que pretenden reflejar lo que pasa por la cabeza de uno mismo desde la opinión o el sentimiento. Así lo concibo yo.Pero también mis amigos/as saben que una cosa es sacar la parte entrañable que una posee y que les gusta "saborear" leyéndome, y otra muy distinta que sea mi estado permanente de humor. De hecho, ante determinados acontecimientos sobre los que he opinado en alguna entrada, no he podido disimular la mala baba que a veces me chorrea entre las neuronas. Porque soy impulsiva, crítica y autocrítica (desmedida a veces), beligerante con la injusticia y la prepotencia, con la mala educación, con la falta de respeto, con la mentira masiva, con el egoísmo congénito, con quienes hacen de la simulación una forma de vida, y con muchas cosas más... Cuando algo me solivianta soy dura, quizá inflexible (mala cosa, esa), la sangre se me coagula y el corazón se vuelve roca. No, creo que no soy una perita en dulce...
Yo también he mostrado a veces esas actitudes con las que me muestro beligerante, no soy ajena a ellas, también tengo mi lado oscuro, pero he aprendido a sumirlo y a perdonármelo, y también a pedir perdón cuando he ofendido a otros. La verdad es que me siento mucho mejor después de hacerlo. Ya no me parece una humillación reconocer los errores. Quizá ese aprendizaje no se habría producido si no hubiese sufrido un cáncer ante el que pensé que la muerte podría estar más cerca de lo imaginable y, por supuesto, de lo deseable. Lo que más me sorprendió, y me sigue sorprendiendo de mí misma, es la falta de respeto que le tuve y le tengo (teóricamente es de los incurables) a esta enfermedad. Desde el primer momento me dije que no iba a poder conmigo, que le tengo demasiado amor a la vida como para que algo así me juegue la mala pasada de hacer que la pierda. Al fin y al cabo, los virus forman parte de la vida y de la misma manera que la puedo perder yo, también ellos son mortales... Y de momento les he ganado la batalla, después de cuatro años siguen "mataos y bien mataos". Y si he de ser sincera, ni me acuerdo de ellos. Es cuestión de economía vital: sería una pérdida de tiempo y esfuerzo.
He aprendido (dicen que a todos los que padecemos esta enfermedad nos pasa) a vivir de otra manera, a contemplar lo que me rodea como algo digno de disfrutar sin remilgos y a intentar que los que comparten conmigo la vida sean más felices (familia, amigos, compañeros, etc.). Ya no soy como era antes, mucho más derrotista, y he comprobado que cuando pierdes el miedo a la muerte, la existencia se vuelve mucho más luminosa, parece que todo cambie y tenga otro sentido, más positivo. Las prioridades cambian, el hoy es lo que cuenta; te abrazas a la vida cada mañana al despertar como si fuese el día más importante, el único, del que no puedes perderte nada, ni un minuto. Sentir esa intensidad me encanta, y me digo que he sido una jilipollas por no haber sabido disfrutar de igual manera todos mis años anteriores.
Amas más, a las personas y a las cosas, y es delicioso comprobar cómo cuanto más amas más recibes. Se da esa compensación sin buscarla, existe esa compensación aunque tardemos tanto tiempo en descubrirla, quizá porque nos dé miedo fracasar. Algunos no tendrán la suerte de descubrirla y disfrutarla en toda su vida. Yo la he tenido y la recomiendo.
Nunca pensé que hablaría de esta cuestión pero creo que era inevitable. No pretendo ser modelo de nada ni de nadie, ni que ninguno/a de los que me lean sienta pena o, por el contrario, lleguen a pensar que soy la leche. Pa ná. No sufro en absoluto porque me siento curada, porque me queda mucha leña por dar, muchas opiniones que transmitir y muchos sentimientos por dejar aflorar.
Puedo decir, y digo, que he logrado estar en paz conmigo misma y con todo lo que me rodea, y creo que eso es la felicidad o, al menos, lo que más se le parece. Me siento feliz. Viviendo en un mundo tan bello como el que muestra esa foto de China, ¿cómo no serlo?
Lujo de vida y poesía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



