


Y tras el primer rato de presentaciones, aperitivo y bebercio, vino la cena. Barbacoa, como siempre, y, como siempre, según cuenta Mami P., buenísima: chorizo sin aditivos, colorantes y conservantes (Yolanda dixit repetidamente), morcilla, patatas aliñadas, verduritas a la plancha, pinchos de pollo en adobo, y entraña y tira al estilo argentino. Cerveza y sangría para los de paladar fácil, y Ribera del Duero para los más exigentes, entre los que por supuesto estaba Mami P., que no se mete p'al cuerpo cualquier cosa si quiere sobrevivir a los excesos que de vez en cuando comete (cada vez más de vez en cuando) y no evaporarse en el intento.
Los anfitriones, magníficas personas y más magníficos bebedores, se encuentran entre los amigos que más quiere, y quieren a Mami Panchita, y eso a pesar de ser con quienes más discute porque cada vez se entienden menos en cuestiones de política. Pero no puede pasar ningún año sin que se vean y disfruten las horas juntos. Ella, Yolanda, cada vez tiene más incrustada el alma inglesa y parece haber olvidado todo lo que fue e hizo aquí, aunque Mami P. piensa que quizá sólo sea una pose bienintencionada. Han compartido demasiadas cosas juntas como para pensar mal de ella y no para de decirse que cada uno es como es y eso no puede ser un impedimento para mantener la amistad y el cariño. Y, a fe mía, que lo cree de verdad.
Collins, el británico más apetecible que Mami ha conocido nunca, por divertido, humano y cariñoso, estaba para comérselo, y de hecho se lo hubiese comido si no hubiese sido porque su marido, Path, la habría matado antes que ceder un peacito de su sonrosada carne a otra boca que no fuese la suya. Aunque llegó un momento en el que Mami Panchita dudó entre la apetencia mordisquera por Collins y la que se le despertó ante un maromo surafricano de cuerpo estupendísimo y una flor en la oreja, que pululaba entre las mesas como alma en pena. Pero la pobre se quedó con las ganas cuando en una escapada a la soledad del porche delantero para tomar un respiro, se lo encontró besándose con su marío, otro maromito estupendo de ojos azules y mirada dulce al que todavía no había tenido ocasión de echar el ojo. A partir de ese momento se lanzó a la bebida, todo un consuelo servido en plástico. ¡Mierda, no es mi día! Pero ella sabe que desde hace tiempo los no días en estas lides son todos.
Llegó a pensar que tirarse a la piscina podía ser una buena solución para despejar los fracasos, pero empezó a imaginarse las pintas que tendría al salir del agua, lo que le restaría atractivos ante cualquier otra oportunidad que se presentase, aunque, para ser sinceros, muchas no había.
Mayoral, que también estaba invitado y que, como siempre, estaba en su laberinto, era el último cartucho al que agarrarse, así que le exigió que metiera la tripa y adoptara un aire menos profesoral si quería tener algún atractivo. Pero el pobre, tan genial persona y mejor pintor, no es precisamente la alegría de la huerta debido a su timidez crónica, pero tiene la facultad de saberse divertir sin necesidad de pronunciar la más mínima palabra. Y claro, Mami P. quería palique y risas, que para eso está más que preparada, y siguió dando vueltas entre el personal hasta que, cansada de tanto madurito inglés aburrío, se juntó con el personal más joven y se puso a bailar. ¿Por qué no pasamos de tanta música tecno y ponemos un poquito de salsa, merengue y demás?, preguntó ingenuamente... Pues no, querida, que si quieres caldito, toma dos tazas. Aquí no hay de eso. Y es que a Mami P. le encantan los bailes calentitos, pero se tuvo que conformar con lo que había. Pero ni de lejos estaba dispuesta a dejar de divertirse, así que se juntó con Sue, la madre del maromito estupendo de ojos azules, que intentaba hablarle en español y ella contestarle en inglés, lo que llevó a que matuvieran la conversación más surrealista que pueda imaginarse. Eso sí, se partieron el culo de risa escuchándose a sí mismas. Al fin y al cabo de eso se trata, se dijo Mami P., de partirse el culo con lo que sea.
Y llegó el momento de la tarta, más original que de costumbre por los aires del Pacífico que desprendía. Pero Mami P., que no mezcla nunca el vino con el dulce aunque éste provenga de la fruta, pasó de tarta y siguió agarrada a su botella de Rivera del Duero, que estaba de morirse y le estaba dando un puntito majo.
Y así siguió la fiesta hasta las cinco de la madrugá, que se apagaron las luces y la música. Mientras los jóvenes se fueron a ver el encierro de los toros porque eran las fiestas del pueblo (Mami P. es antitaurina hasta el tuétano), los mayores arrastraban sus melopeas hacia la cama. Mami P. hubiese seguido hasta ver amanecer, que es de las cosas que más le gustan, pero sola no le apetecía, así que se dirigió hacia el sofá que le habían adjudicado como cama, y se dejó caer cual viga de acero con su pañuelo azul y su eterna sonrisa dibujada en el rostro.Y es que Mami Panchita sonríe siempre, hasta el punto de que no sabe dormir sin sonreír. Ella no lo quiere reconocer, pero es tan grave la cosa que la tienen que operar de la mandíbula porque, de tanto reír, se le ha salido el disco de la articulación. Lo malo es que, a pesar de las dificultades que tiene para abrir la boca más de dos centímetros, se sigue riendo, y no sabemos si llegará un momento que ya no podrá cerrarla.
Así fue el finde de Mami P., y lo cuento tal y como me lo contaron quienes estuvieron con ella.
Reirse y poesía.








