Otra vez a someterme a la violencia de lo inevitable como un conejillo de indias o como uno de esos monitos a los que han clonado tiñéndoles las extremidades de verde, supongo que para que nadie los confunda, con el fin de convertirlos en víctimas del progreso de la ciencia. No existe más peligro que el de lo inesperado ni más beneficio que el de perder una mínima porción del cuerpo que ha decidido romper las reglas del juego y desarrollarse por su cuenta. No es maligno ni tiene otras pretensiones que sentir el placer de la penetración del bisturí para ser extraído y, de paso, fastidiar a quien ha elegido para instalarse.
No tengo miedo, sólo me invade el hastío de tener que pasar por unos protocolos que están hechos para evitarte el descanso y arrancarte unas cuantas horas de consciencia, como si esas horas no fueran imprescindibles para seguir mamando de la vida. Los tumores benignos tienen eso, que si no los atacas se ofenden y empiezan a rezumar mala baba, de la que se va extendiendo por todo el cuerpo y lo carcome hasta dejarlo como una alita de pollo mordisqueada.
Una no cree demasiado en estas cosas, ni en otras, pero el por si acaso es una llave que abre todas las cerraduras y me enseñaron a llevarla siempre colgada de el cuello como una soga que en cualquier momento puede partírmelo si no sé manejarla como corresponde. Son los inconvenientes de nacer en una familia de hipocrondríacos a los que los miedos no les han servido de nada, y eso que a mí me desaparecieron todos cuando me diagnosticaron el cáncer porque sabes que si no te mueres de ésa es que ya no te mueres de nada, hasta que te toque…
Curioso que ese día dé la casualidad de que hubiese sido el santo de mi madre -Sta. Clotilde, reina de los francos- y seguro que ella no habría faltado a mi cita con el bisturí, como lo hizo antes y como lo hizo siempre, y después lo hubiésemos celebrado tomando un granizado de limón en una terraza de la Pl. de Santa Ana o yéndonos a comer cosas ricas a algún restaurante de esos que son prohibitivos para mi bolsillo pero no lo eran para el de ella, mi inolvidable pijotona.
Pero como ella no está, me consuelo sabiendo que Inés Matute se ha erigido en Presidenta del Teta’s Power, al que cualquiera se puede adherir si carece prejuicios y le sobra sentido del humor. Razón: AQUÍ (¡ojo al pinchar que igual os quedáis dentro!).
Me rechiflo de mí misma porque en el fondo me importa un pimiento que el miércoles me operen para quitarme un tumor benigno de la teta izquierda. Sólo me fastidia perder un día en el que quizá el canto de los pájaros sea más hermoso que nunca y yo seguramente no podré escucharlo.

Teta’s power y poesía.

















